lunes, 6 de septiembre de 2021

LOS LIBROS SAGRADOS DE LA NATURALEZA



Las indicaciones del Creador están escritas en nuestro corazón y pensamientos, en los Libros Sagrados de la Naturaleza que cada uno puede leer para sí mismo. Cada día, en las pequeñas creaciones, en las hierbas y árboles, en las cosas que crecen, en el viento, truenos y lluvia, en los mares, lagos y ríos, en las montañas, rocas y arena, en la presente fuerza del sol, en la magia de la abuela luna, en los secretos de las estrellas.

Todas estas cosas espirituales son nuestros maestros. También nosotros tenemos seres celestiales en nuestro interior. Éstos nos pueden mostrar la sabiduría de nuestro corazón.

El Creador nos ha dado el saber de la belleza y el amor, y la alegría y paz en nuestro corazón. Con este tesoro podernos abrirnos a la esencia de todas las cosas, para que nos enseñen y nos guíen por el buen camino.

La naturaleza

Cuando éramos niños, pasábamos mucho tiempo en el exterior. Gracias a eso, pude iniciar mi relación con la naturaleza con tranquilidad y profundidad. 

En la adolescencia, nos juntábamos a menudo en grupos y dormíamos fuera, en tiendas de campaña. Nuestro tiempo transcurría en constante contacto con la naturaleza. 

De más mayor empecé a viajar: India, Nepal, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, América, África, Tailandia... Casi siempre hacía estos viajes sola, pero a veces alguien me acompañaba. Como normalmente sólo teníamos los billetes de avión, el resto del viaje era una aventura. De esta manera los acontecimientos que nos deparaba el viaje estaban abiertos y podíamos fluir con ellos. Por esta razón no era excepcional que a menudo tuviera que dormir fuera, en una tienda de campaña. 

A veces me sentía feliz por el simple hecho de haber superado la noche y el miedo. A veces disfrutaba de la oscuridad de la naturaleza hasta que me dormía. A veces celebraba la nocturnidad en la naturaleza, me sentía protegida y unida a ella. Vivía acontecimientos increíbles e inolvidables, tenía encuentros, sueños, y experiencias profundas, según mi estado de ánimo, las circunstancias, el lugar, los seres y las personas con las que compartía el lugar. Más tarde averigüé que todo esto tenía que ver con la resonancia interior: nadie llega a un lugar por casualidad y vive en él determinados acontecimientos; siempre es un espejo del estado interior de uno mismo. 

Lo que viví y descubrí en la naturaleza es un sentimiento profundo y religioso. Sentía que formaba parte de algo mayor. Me sentía «todo en uno». Cuando por las noches pasaba horas mirando el cielo estrellado, comprendía que la Tierra es un planeta diminuto en el universo infinito, que gira sobre sí misma y alrededor del Sol junto a otros planetas.

Y sobre todo entendía que estamos ligados a las estrellas. En Ecuador y en Nepal las estrellas parecían estar muy cerca; en Alemania, mucho más lejos. Averigüé y comprendí que la naturaleza es más grande y poderosa de lo que podemos llegar a imaginar, y que todo tiene su lugar, su tiempo y su función especial. Cuando estaba tumbada bajo viejos árboles, reconocía templos, catedrales y torres celestiales en una medida y tamaño que no encontraba en el mundo de los humanos. A menudo sentía un respeto profundo, descubría una Santidad y me invadía una gran sensación de amor hacia este planeta, hacia sus seres, sus paisajes y su naturaleza. Me sentía bendecida, protegida, obsequiada, ligada, unida y bien tratada. 

A través de la naturaleza he llegado a comprender muchas escrituras sagradas, verdades y mensajes de los maestros. Ella lo une todo. Todos vivimos y nos transformamos en ella. En la naturaleza no hay separación, diferencias, valoración. Todo el mando puede ser feliz o no. Influyen las leyes cósmicas. Muchas veces nos alimentados en la fuente original y nos encontramos de nuevo en el paraíso; a veces deambulamos por el desierto, a veces después de una subida nos vemos obligados a bajar, pero donde acaba la noche empieza el día. A veces éste es muy frío y amenazante, luego vuelve a ser suave, caliente y seguro. Podemos dividir el agua y atravesarla en vez de hundirnos en ella. 

La naturaleza es interior a la vez que exterior, y se encuentra en todas partes. La naturaleza es para mí una gran maestra y una escritura sagrada viva. Formamos parte del círculo de los humanos, pero además existen en La Naturaleza más círculos y mucho más antiguos. Cuando veo montañas maltratadas y cómo los humanos viven entre ellas, cuando veo desiertos de guijarros, ríos alineados creados por seres humanos en un momento de locura, cuando oigo hablar de experimentos atómicos, cuando veo una fuente de piedras preciosas que se ha partido por la mitad, en vez de permanecer en el templo de la naturaleza, donde hubiera podido visitarse en su estado puro, y todo esto motivado por el poder y la ambición, siento dolor. Es el dolor de la humanidad. Cambios climáticos, inundaciones, desprendimientos de tierra, terremotos, todo esto no es una venganza de la naturaleza sino más bien las consecuencias del comportamiento humano.

La Madre Naturaleza nos cuida y nos guía si nos preparamos para entrar en contacto con ella, si escuchamos sus consejos, reconocernos sus señales, prestamos atención a sus seres y la tratamos con amor. Ésta ha sido mi experiencia hasta ahora. Yo creo en la naturaleza, pues es más fuerte y poderosa de lo que nos imaginamos. Su fuerza de autocuración es increíble. Se la puede herir pero no destruir. Lo mismo pasa con nuestra alma. Las personas que están muy unidas a la naturaleza siempre encontrarán el camino correcto hacia sí mismas. Hasta aquí mis experiencias en y con la naturaleza. En este ámbito, los cuentos son buenos guías.


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