Daenerys y el Dragón Azul

Juego de Tronos. Daenerys Targaryen, llamada Daenerys de la Tormenta, La que no Arde, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones.

Dragona Saphira

Película Eragon.

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miércoles, 9 de septiembre de 2020

THAKANE, LA PRINCESA ASESINA DE DRAGONES


A lo largo de la historia, muchas culturas abrazaron y aborrecieron a los dragones y los peligros que los acompañaban. Hay cientos de historias de héroes que se alzaron ante los dragones conquistadores, así como historias de dragones que ayudaron a la humanidad en su momento de necesidad.

Thakane - Princesa asesina de dragones

La historia de Thakane proviene de la mitología sudafricana. Habla de una joven princesa llamada Thakane. Era hija de un gran y poderoso jefe. Desafortunadamente, su padre y su madre fallecieron cuando ella y sus hermanos eran aún unos niños. En ella recayó la responsabilidad de criarlos para que también fueran grandes guerreros y ella se dedicó a cubrir todas sus necesidades y a tratar de corregir sus tendencias perezosas y orgullosas.

Cuando fueron mayores de edad, Thakane llevó a sus dos hermanos a una escuela de entrenamiento de guerreros en las montañas. Después de meses de capacitación, estaban listos para graduarse, pero pronto surgió un problema. Era costumbre dar a los guerreros que se graduaban la vestimenta y un escudo hecho con pieles de animales que habían matado sus padres. Thakane había preparado unas pieles de grandes bestias (como leones y otros depredadores) para este propósito, pero sus orgullosos hermanos no creían que estas pieles fueran lo suficientemente buenas. Lo que querían era una piel de nanabolele.

Un nanabolele es un dragón que habita en el agua y proviene de la mitología basotho. Eran criaturas temibles que se sabía que emitían una luz fluorescente en la oscuridad y siempre estaban rodeadas por una nube de humo rojo cuando llegaban. Eran extremadamente difíciles de matar: perseguir a un nanabolele a menudo se consideraba una misión suicida. Sin embargo, Thakane estaba decidida a defender el honor de su familia y comenzó a buscar guerreros que la acompañaran en su viaje.

Thakane finalmente encontró la guarida de los nanabolele y mató a la bestia más grande que pudo encontrar cuando se durmieron. La anciana le dio una piedra mágica que la protegería a ella y a los demás cazadores de los nanaboleles supervivientes y Thakane regresó a casa como una heroína. Consiguió los obsequios de graduación adecuados para sus hermanos menores y defendió el honor de su familia.


LAS PRIMERAS MENCIONES Y REPRESENTACIONES DEL UNICORNIO


La primera mención del unicornio proviene del escritor griego Ctesias. Se mencionan en su trabajo titulado 'Indika' (que significa 'En la India'). Describe a los unicornios como una raza de asno salvaje que era increíblemente rápido y ligero de patas. Su característica principal, por supuesto, era un cuerno de aproximadamente 28 pulgadas de largo que crecía desde el centro de su cabeza. Sin embargo, a diferencia de las historias posteriores de unicornios, estos cuernos podrían ser blancos, rojos o negros en lugar del color blanco que es característico en los tiempos mas modernos.

Ctesias, supuestamente, obtuvo su información en su viaje y estancia en Persia. 

Aristóteles también da una descripción similar de dos de esas bestias que provienen de la misma región: el oryx y el "asno indio". Otros muchos viajeros también sacaron sus descripciones de unicornios de esta área. De hecho, se han encontrado tallas de unicornios en una escultura en la antigua capital de Perspolis.

Hay un relato sobre el poder de los unicornios que fue encontrado por Cosmas Indicopleustes, un comerciante de Alejandría que arrojó muchas ideas sobre la India primitiva. Mientras visitaba al rey de Etiopía, vio cuatro estatuas de bronce que representaban al unicornio y escribió un relato sobre lo que había aprendido. Afirmó que toda la fuerza de la criatura se podía encontrar en el cuerno. También notó la tremenda habilidad de la criatura y su tendencia a arrojarse desde un alto acantilado cuando corría peligro de ser capturado. Supuestamente era capaz de evitar las consecuencias del impacto con su cuerno y escapar de forma segura.

La imagen del unicornio evoluciona en la Edad Media

Durante la Edad Media, la percepción del unicornio se convirtió en la imagen fantástica que hoy reconocemos a la criatura. Esto se debe en parte a la adaptación de la historia por parte de la Iglesia cristiana. El reclamo de este animal por parte de la Iglesia permitió a muchos artistas retratarla en una amplia variedad de obras de arte. Debido a que hubo un gran énfasis en la religión durante este período de tiempo, esto permitió a los artistas trabajar con la mitología sin ser procesados ​​por la iglesia.

El unicornio también fue visto bajo una nueva luz en la mitología. La bestia todavía se consideraba en gran parte inconquistable, pero con algunas excepciones.

La representación del unicornio

Se sabía que el unicornio era una bestia poderosa, que era una criatura de los bosques y en gran parte invencible por el hombre. Sin embargo, hubo una excepción importante a esta regla: el unicornio no podía resistir su impulso de ser atraído por una doncella virgen. Cuando los cazadores salían en busca de un unicornio, a menudo se pensaba que la orgullosa criatura se detendría de vez en cuando en lugar de escapar, y así burlarse de los cazadores.

Para aprovechar esta debilidad, las leyendas cuentan que a veces se le decía a una doncella virgen que se colocara debajo de un árbol y esperara a que el unicornio pasara al galope. Cuando el unicornio viera a la doncella, inevitablemente se sentiría atraído y apoyaría su cabeza cansada en su regazo. Cuando se quedaba dormido, los cazadores se reunían y atrapaban a la criatura.

El unicornio y el amor

También se establecieron conexiones entre la historia del unicornio y los romances entre hombres y mujeres en el proceso de cortejo. A muchos autores franceses del siglo XIII les gustaba hacer la analogía de que así como un unicornio se siente atraído por la virgen, un amante se siente atraído por su mujer. También hubo comparaciones similares que buscaban hablar del unicornio como símbolo del amor casto y el matrimonio fiel.


MITOS DE DRAGONES


Origen del mito del dragón

Hay varias teorías sobre el origen del mito del dragón. Estas teorías van desde la inspiración en criaturas existentes hasta formas de vida no descubiertas y restos fósiles. Hay quienes también creen que estas serpientes gigantes fueron creadas como una forma de demostrar el poder de ciertas deidades religiosas.

Mitos de dragones inspirados en criaturas existentes

Una de las respuestas más obvias a lo que inspiró el mito del dragón es simplemente que las criaturas existentes inspiraron las historias. Esta teoría es un candidato probable, especialmente cuando se analizan historias como "Thakane, la princesa Dragón Slayer". Para la mayoría de los que conocen esta historia, es evidente que el dragón de agua en cuestión es en realidad un cocodrilo. Otras criaturas que se cree que inspiraron varias historias incluyen serpientes, anguilas y lagartos.

También hay quienes creen que la inspiración puede haber venido de una especie de reptil desconocido, aunque cabe la duda de que una especie de un tamaño tan grande pudiera haber sobrevivido hasta nuestros días sin ser descubierta, sigue siendo una teoría aceptada.

Mitos de dragones inspirados en restos fósiles

También hay quienes creen que nuestros antepasados ​​pueden haberse inspirado en los restos fósiles de dinosaurios y otro tipo de megafauna cuando crearon sus cuentos. Esta es otra teoría popular, especialmente porque muchas de las culturas con cuentos de dragones se encuentran en áreas donde se han descubierto muchos fósiles.

Mitos del dragón inspirados en la religión

Otra teoría es que la religión podría haber inspirado los mitos del dragón. Esto se debe en parte a que era muy común que las culturas de Mesopotamia y del Cercano Oriente tuvieran historias de dioses de la tormenta que vencían a las poderosas bestias serpiente. Uno de los mitos más populares que ha sobrevivido en la actualidad es la historia de Yahvé y su batalla profetizada con Leviatán.

Mitos del dragón inspirados en el miedo

Por último, pero ciertamente no menos importante, también es posible que nuestro propio miedo e instintos primarios hayan inspirado las leyendas. Muchos científicos plantean la hipótesis de que los humanos pueden tener un instinto de miedo preprogramado hacia las serpientes y otros reptiles. Esta teoría, combinada con los lugares donde se decía que existían los dragones (océanos, lagos, cuevas oscuras y otros lugares peligrosos) podría sugerir que los mitos de los dragones se crearon como una advertencia para el hombre.




martes, 8 de septiembre de 2020

QI LIN, LOS UNICORNIOS CHINOS


En las profundidades del bosque, una criatura emerge de detrás de un árbol. Hermosa en resplandor y con una brillante piel blanca, esta imponente criatura trota enérgicamente entre los árboles. Un solo cuerno sobresale del centro de su cabeza, erguido y orgulloso. Intentas perseguirlo, pero te rindes después de un rato, sabiendo que nunca podrás vencer a la orgullosa bestia. El unicornio es demasiado rápido para ser atrapado por el hombre.

Un unicornio es una criatura legendaria que que posee cualidades mágicas. Aunque en la actualidad se cree que esta criatura no es más que un mito, las culturas antiguas escribieron sobre ella como un animal real. De hecho, se incluyó en muchos libros de historia natural de la época.

Las representaciones más populares del unicornio son conocidas por los relatos y la mitología griega y europea, aunque hay criaturas similares a unicornios a las que se ha hecho mención en todo el mundo. Hubo muchas interpretaciones de la bestia, algunos la vieron como la encarnación de la pureza y la gracia. Otros creían que el su cuerno tenía el poder de proporcionar curas para las enfermedades y capacidad para servir como antídoto contra el veneno.

Debido a sus supuestas habilidades mágicas, el unicornio y su cuerno fueron muy buscados sobretodo durante la Edad Media. Era común que las personas de ricas o pertenecientes a la nobleza intentaran procurarse un cuerno para protegerse contra ataques, envenenamientos o para tomar en él elixires de juventud. De hecho, muchos "cuernos" fueron vendidos por comerciantes aunque en realidad no eran cuernos de unicornio (eran cuernos de rinoceronte o cuernos de narval), se vendían por muchas veces su peso y oro y demostraron ser una industria muy rentable.

Los Qi lin, unicornios chinos, son criaturas pacíficas y se consideran mágicos y poderosos. Se dice de ellos que pueden caminar sobre la hierba sin tocar una sola hoja. Sin embargo, dado que estas criaturas no querían dañar el suelo, a menudo se pensaba que caminaban sobre las nubes o el agua. También se creía que podían entender el carácter de las personas. Muchas historias antiguas relatan que estas criaturas pueden saber si alguien es una buena o mala persona con solo mirarlas. Son de naturaleza pacífica y solo castigan a los malvados.

También al igual que relata en la mitología del unicornio, los Qi lin se ven a menudo como un símbolo de fertilidad. Aunque no fueron cazados por sus cuernos, a menudo se mostraban en obras de arte llevando bebés a las familias.

Algunas historias afirman que los Qi Lin son mascotas sagradas (o familiares) de las deidades.

Debido a las similitudes caprichosas, sobrenaturales, míticas, místicas y religiosas de la antigüedad con los unicornios occidentales, el gobierno chino acuñó en varias ocasiones monedas en plata y oro que representaban al Qi Lin y al Unicornio occidental juntos.

Durante la dinatía Jin , el Qi Lin fue representado envuelto en llamas y humo, con una cabeza de dragón, escamas y el cuerpo de una poderosa bestia con pezuñas como un caballo.




EL DRAGÓN Y LA MANTICORA (CUENTO)

 


Cuando la noticia llegó, él estaba construyendo un palacio y le faltó tiempo para apartar los ladrillos de dos patadas, así que dejó que la nodriza recogiera el resto. Porque la noticia era algo verdaderamente importante.

Al principio no fue más que el timbre de la puerta y voces en el vestíbulo, y Leonardo pensó que era el hombre del gas que venía a ver por qué no funcionaba. (Y no funcionaba desde el día en que Leonardo se hizo un columpio atando la cuerda de saltar a la tubería). Pero, de repente, la nodriza entró y dijo:

—Señorito Leonardo, han venido a buscarte para hacerte rey.

Y, rápidamente, le quitó la ropa de casa, le lavó la cara y las manos, le peinó y, mientras se sentía zarandeado de un lado para otro, el pobre no paraba de decir:

—Ya está bien, nodriza. Si ya tengo las orejas bastante limpias. Déjame el pelo, que ya está bien. ¡Déjame ya!

—Estate quieto. Cualquiera diría que te van a hacer anguila en vez de rey —dijo la nodriza.

En cuanto la nodriza se distrajo un segundo, Leonardo se escabulló sin esperar siquiera a que le diera un pañuelo limpio, y en el cuarto de estar se encontró con dos caballeros muy serios que llevaban puestas unas capas rojas con vueltas de piel y unas coronas de oro con terciopelo rojo por arriba, que le recordaban a uno esas tartas tan caras cubiertas de crema.

Al aparecer Leonardo le saludaron con una reverencia, y el más serio de los dos le dijo:

—Señor, vuestro ta-ta-ta-ta-tarabuelo, el rey de este país, ha muerto, y vos tenéis que ser ahora el rey.

—Pues muy bien —dijo Leonardo—. ¿Cuándo empezamos?

—Seréis coronado esta tarde —dijo el caballero que era un poco menos serio que el otro.

—¿Queréis que vaya con la nodriza, o me vais a venir a buscar? ¿Y tengo que ponerme el traje de terciopelo con encaje? —preguntó Leonardo, que era muy sociable y recibía muchas invitaciones a fiestas.

—Más tarde llevarán a la nodriza a palacio. No, no hace falta que os cambiéis de traje, porque el manto real lo cubrirá por completo.

Los dos caballeros tan serios le llevaron a una carroza tirada por dos caballos blancos, que estaba parada delante de la casa donde vivía Leonardo, el número siete, a la izquierda de la calle, según se sube. En el último momento, Leonardo echó a correr escaleras arriba, le dio un beso a la nodriza y le dijo:

—Gracias por lavarme. Perdona que no te dejara lavarme la otra oreja. No, ahora no da tiempo. Adiós, nodriza.

—Adiós, lucero mío —dijo la nodriza—. Que seas un buen rey, y que no te olvides de pedir las cosas por favor, y que les pases el pastel a las niñas, y que no te sirvas más de dos veces.

Y así fue cómo Leonardo se dirigió a que le hicieran rey. En realidad, nunca se había hecho demasiadas ilusiones de llegar a ser rey algún día; más o menos como cualquiera de vosotros, así es que la situación era de lo más inesperada. Mientras la carroza atravesaba la ciudad tuvo que morderse la lengua varias veces para asegurarse de que no estaba soñando.

Media hora antes estaba tan tranquilo en el cuarto de jugar, haciendo construcciones de ladrillos. Sólo media hora antes… y ahora las calles estaban llenas de banderas, y en todas las ventanas había gente agitando los pañuelos y tirando flores. A lo largo de las calles había soldados vestidos de rojo y las campanas de las iglesias repicaban como locas, como si fueran el acompañamiento de una canción cuya letra, coreada por los gritos de miles de personas, fuera:

—¡Viva el rey Leonardo! ¡Viva nuestro rey!

Por un momento pensó que hubiera debido ponerse el traje de fiesta, pero enseguida se le olvidó y no lo pensó más. Si en vez de ser niño hubiera sido una niña, no hubiera pensado en otra cosa en todo el tiempo.

Por el camino, los dos caballeros serios, que eran el Canciller y el Primer Ministro, le fueron explicando las cosas que no comprendía.

—Y yo que creía que éramos una República —dijo Leonardo—. Como hace tanto tiempo que no teníamos un rey…

—Señor, vuestro ta-ta-ta-ta-tarabuelo murió cuando mi padre era un niño —dijo el Primer Ministro— y desde entonces vuestros leales súbditos han estado ahorrando para compraros una corona; ya sabéis, tanto a la semana, según a las posibilidades de cada uno, desde seis peniques para los que disfruten de una posición desahogada hasta medio penique para los económicamente más débiles. Según la tradición, la corona tiene que ser costeada por el pueblo.

—Pero mi ta-ta-ta, y yo qué sé cuántos más, abuelo tenía ya una corona, ¿no?

—Sí, pero era una corona de oro, y entonces él la mandó platear porque le parecía demasiado ostentosa, y le mandó quitar las piedras preciosas y las vendió para comprar libros. Era un hombre la mar de raro. No es que fuera mal rey, pero tenía una debilidad: le encantaban los libros. Cuando mandó a platear la corona estaba ya muy enfermo… y no vivió para pagar la factura del plateador.

Al llegar aquí el Ministro se enjugó una lágrima. En aquel momento la carroza se paró, y Leonardo se bajó para que lo coronasen.

Eso de que lo coronen a uno es mucho más pesado de lo que la gente piensa, y cuando terminó todo, Leonardo estaba cansadísimo de haber tenido que estar aguantando el manto real y de dejarse besar la mano por todos los que se la tenían que besar. Llevaba así dos horas y estaba hecho polvo, de modo que se puso contentísimo cuando pudo volver al cuarto de jugar.

Allí estaba la nodriza, que le había preparado el té: pasteles de ajonjolí y tarta de ciruela, tostadas con mantequilla y mermelada, y el juego de té más bonito del mundo, con flores rojas y azules y borde de oro, y té del bueno, y se podía repetir de todo todas las veces que uno quisiera.

Después del té dijo Leonardo:

—Me gustaría leer un poco. ¿Quieres darme un libro, nodriza?

—Mira qué rico —dijo la nodriza—. ¿Es que desde que eres rey se te ha olvidado para qué sirven las piernas? Anda, guapo, levántate y tráete los libros tú mismo.

Y Leonardo se levantó y se fue a la biblioteca. Allí estaban el Primer Ministro y el Canciller, que le hicieron una profunda reverencia, y estaban a punto de preguntarle qué es lo que había ido a hacer allí, cuando Leonardo exclamó:

—¡Uy, cuantísimos libros! ¿Son suyos?

—Son vuestros, Majestad —contestó el Canciller—. Eran propiedad del difunto rey, vuestro ta-ta-ta…

—Sí, ya sé —interrumpió Leonardo—. Bueno, pues me los voy a leer todos. Me encanta leer. Estoy contentísimo de haber aprendido a leer.

—Yo me atrevería a recomendar a Vuestra Majestad —insinuó el Primer Ministro— que no se acercase a esos libros. Su ta-ta-ta…

—Sí —cortó Leonardo—, ¿qué pasaba con él?

—Era un rey muy bueno. Era realmente un rey magnífico, a su manera, aunque resultaba un poquito… digamos raro.

—¿Es que estaba loco? —preguntó Leonardo.

—Oh, no, no, nada de eso —se apresuraron a asegurar los dos caballeros—. De loco, nada. Más bien demasiado inteligente, si Vuestra Majestad nos permite la expresión. Por eso no queremos que nuestro rey tenga nada que ver con sus libros.

Leonardo estaba hecho un lío.

—En realidad —continuó el Canciller, que, de nervioso que estaba, se puso a hacerse tirabuzones con la barba—. En realidad, a su ta-ta-ta…

—Sí, sí, continúe, por favor.

—… le llamaban «El Mago».

—¿Y no lo era?

—Claro que no. Con lo buen rey que era su ta-ta-ta…

—Sí, sí.

—Pero yo no tocaría sus libros.

—Este nada más —dijo Leonardo, echando mano de un gran libro marrón que había sobre la mesa. Era de cuero con dibujos dorados en la cubierta, y dos grandes cierres de oro con turquesas y rubíes, y esquineras de oro para que el cuero no se desgastase.

—Éste lo tengo que ver —dijo Leonardo muy decidido. Y es que había visto en la tapa, en grandes letras doradas, un letrero que decía: El libro de los animales.

El Canciller le dijo:

—Majestad, no lo hagáis.

Pero Leonardo había soltado ya los cierres, y abrió el libro por la primera página. Apareció allí una preciosa mariposa roja, amarilla y azul, tan bien pintada que parecía que estaba viva enteramente.

—¡Qué preciosidad! —exclamó Leonardo—. ¿Por qué…?

Pero, mientras hablaba, la bellísima mariposa agitó sus alas de colores en la página amarillenta del libro, se echó a volar y salió por la ventana.

—¡Bueno! —exclamó el Primer Ministro cuando pudo recuperar la voz, porque se le había hecho un nudo en la garganta que por poco se ahoga—. Nadie puede negar que esto es magia pura.

Pero antes de que hubiese terminado de hablar, el rey había pasado la página y había aparecido un maravilloso pájaro azul, de plumas resplandecientes. Debajo del grabado ponía: «Ave Azul del Paraíso», y cuando el rey estaba mirando, encantado, el hermoso dibujo, el pájaro agitó también sus alas desde la página amarillenta y se echó a volar desde el libro.

Entonces el Primer Ministro le quitó el libro al rey de un tirón, lo cerró y lo puso en el estante más alto de la biblioteca. Y el Canciller le dio al rey un buen zarandeón y le dijo:

—Sois un rey muy malo y muy desobediente —y se notaba que estaba muy enfadado.

—No he hecho nada de malo —refunfuñó Leonardo. Le molestaba mucho que le zarandeasen, como a casi todos los niños. Prefería que le diesen una torta.

—¿Nada de malo? —dijo el Canciller—. ¿Cómo podéis saberlo? Ahí está el problema. ¿Cómo podéis saber lo que viene en la página siguiente? Lo mismo puede haber una serpiente que un gusano, o un ciempiés, o un anarquista, o algo por el estilo.

—Siento mucho haberle hecho enfadar —dijo Leonardo—. Venga, deme un beso y sigamos siendo tan amigos.

Y se dieron un beso y se pusieron a jugar a «Tres en raya», tan amigos, mientras el Primer Ministro se ponía a trabajar en sus cuentas.

Pero aquella noche Leonardo no podía dormir, pensando continuamente en el libro, y cuando la luna brillaba en todo su esplendor se levantó y se fue de puntillas a la biblioteca. Trepó al estante más alto y cogió El libro de los animales.

Lo sacó a la terraza, donde a la luz de la luna se veía como si fuera de día, lo abrió, y vio las páginas vacías con los letreros de «Mariposa» y «Ave Azul del Paraíso». Pasó la página y vio allí una especie de cosa roja sentada debajo de una palmera. El letrero decía «Dragón», pero el dragón no se movía. El rey cerró el libro a toda prisa y se volvió a la cama.

Pero al día siguiente no pudo resistir la tentación de echarle una miradita y se llevó el libro al jardín. Cuando soltó los cierres de rubíes y turquesas, el libro se abrió sólo por la página donde estaba el dragón, y el sol dio de lleno sobre el grabado. De repente, el gran dragón rojo se salió del libro, extendió sus inmensas alas escarlata y alzó el vuelo por encima del jardín hacia las lejanas colinas.

Leonardo se quedó sólo con la página vacía. Bueno, vacía no: medio vacía, porque todavía quedaban la palmera verde, el desierto amarillo y unas cuantas pinceladas de rojo que se habían salido del dibujo del gran dragón.

«Buena la he hecho», pensó Leonardo. No hacía ni veinticuatro horas que le habían hecho rey y ya había soltado un dragón rojo, poniendo en peligro la vida de sus súbditos. Ellos, que habían estado ahorrando penique a penique para comprarle una corona. Entonces Leonardo se echó a llorar.

El Canciller, el Primer Ministro y la nodriza vinieron corriendo a ver qué pasaba. Cuando vieron el libro abierto lo comprendieron todo, y el Canciller dijo:

—¡Qué rey más malo! Mándelo a la cama sin cenar, nodriza, para que se dé cuenta de lo que ha hecho.

—Quizá, señor —dijo el Primer Ministro—, deberíamos primero averiguar qué es exactamente lo que ha hecho.

Entonces Leonardo, hecho un mar de lágrimas, explicó:

—Es un dragón rojo, y se ha ido volando a las colinas. Y lo siento muchísimo y os pido perdón.

Pero el Primer Ministro y el Canciller tenían cosas más importantes que hacer que pararse a pensar si perdonaban o no a Leonardo. Por el momento, salieron corriendo a consultar a la Policía a ver qué podía hacerse. Todo el mundo hizo lo que pudo: se organizaron comités, se formaron turnos de vigilancia, se pusieron centinelas para avisar… pero el dragón se había quedado en las colinas, así es que no pudieron hacer nada.

La fiel nodriza, mientras tanto, no había olvidado sus obligaciones: le dio un buen cachete al rey y le metió en la cama sin cenar y, cuando oscureció, ni siquiera le llevó una vela para que pudiera leer.

—Eres un rey muy malo —le dijo—. Y no te querrá nadie.

Al día siguiente el dragón tampoco se presentó, aunque algunos de los súbditos de Leonardo que disfrutaban de una vista especialmente aguda llegaron a afirmar que habían visto, entre los árboles, el resplandor rojizo de sus alas.

Leonardo se puso la corona, se sentó en el trono y dijo que quería hacer algunas leyes.

No tengo que deciros que aunque ni el Primer Ministro, ni el Canciller, ni la nodriza, tenían una gran opinión del buen juicio de Leonardo (a veces incluso le daban algún que otro cachete y le mandaban a la cama sin cenar), no dejaban de reconocer que en el momento en que se sentaba en el trono y se ponía la corona se volvía infalible (lo cual quiere decir que todo lo que decía estaba bien dicho y que nunca se equivocaba). Así es que dijo:

—Hago una ley que prohíbe a la gente abrir libros en el colegio o en cualquier otro sitio —y aquí contó con el apoyo de por lo menos la mitad de sus súbditos, mientras que la otra mitad (las personas mayores, claro) hizo como si creyera que tenía razón.

Después hizo una ley ordenando que todo el mundo tuviese siempre lo suficiente para comer. A todo el mundo le gustó mucho esta ley, menos, naturalmente, a los que siempre habían tenido demasiado.

Y después hizo unas cuantas leyes más, todas igual de buenas, y las mandó escribir, y luego se fue a casa a hacer flanes de arena y lo pasó estupendamente. Y le dijo a la nodriza:

—La gente me querrá mucho, ahora que he hecho tantas leyes buenas.

Pero la nodriza le contestó:

—No cantes victoria demasiado pronto, lucero mío, que todavía no has terminado con el dragón.

Al día siguiente era sábado y, de repente, por la tarde, el dragón apareció por el prado en toda su espantosa rubicundez y arrasó el campo de fútbol, con árbitros, jueces de línea, porterías y todo lo demás. La gente se puso furiosa y dijo:

—Más nos hubiera valido ser una República. Qué lástima del dinero que hemos estado ahorrando todos estos años para comprar la corona…

Y los enterados movieron a la cabeza y pronosticaron un negro futuro a la Liga para el Fomento del Deporte. En realidad, después de aquello, el fútbol tardó mucho tiempo en volver a hacerse popular.

Durante aquella semana Leonardo hizo todo lo que pudo para demostrar que era un buen rey, y la gente casi le había perdonado que hubiera dejado salir al dragón del libro.

—Después de todo —decían—, el fútbol es un juego peligroso y quizá sea mejor no animar a la gente a que lo practique.

La opinión popular mantenía que los futbolistas, que eran bastante brutos, habían tenido un encuentro tan desagradable con el dragón que el pobre bicho se había ido a un sitio donde sólo se jugaba a la china y a otras cosas por el estilo, que son juegos pacíficos que no le vuelven a uno tan animal.

De todas maneras, el Parlamento se reunió el sábado por la tarde, a una hora en que la mayoría de los Miembros pudiese asistir, para tratar del asunto del dragón. Por desgracia, el dragón, que sólo estaba durmiendo, se despertó porque era sábado y se dirigió al Parlamento. Un poco después, sólo quedaban unos cuantos Miembros. Se intentó reunir otro Parlamento, pero ser Miembro del Parlamento se había convertido ya en algo tan impopular como ser futbolista y nadie quería resultar elegido, así es que se las tuvieron que arreglar sin Parlamento.

Al llegar el sábado siguiente, todo el mundo estaba un tanto nervioso, pero ese día el dragón se encontraba muy tranquilo y sólo se comió un Orfelinato.

El pobre Leonardo lo estaba pasando muy mal. Comprendía que había sido su desobediencia la causa del problema del Parlamento, y del Orfelinato, y de los futbolistas, y pensaba que no tenía más remedio que hacer algo. Pero ¿qué podía hacer?

El ave azul que había salido del libro solía cantar en la rosaleda de palacio, y muy bien por cierto, y la mariposa era muy sociable y se le posaba en el hombro cada vez que salía al jardín. Por eso Leonardo pensó que no todo lo que salía de El libro de los animales eran monstruos como el dragón, y se dijo:

«¿Y si sacara del libro un animal que pudiera luchar contra el dragón?».

De modo que cogió El libro de los animales y se fue con él a la rosaleda, y miró la página siguiente a la del dragón. La miró sólo un poquito, abriendo una rendijita para ver qué clase de animal venía y cómo se llamaba. Sólo pudo ver el final del nombre: «cora», pero notó que, hacia el centro de la página, el libro se hinchaba como si el animal quisiera salirse y lo cerró rápidamente, y hasta se sentó encima para que no se le escapara. Después lo aseguró con los cierres de rubíes y turquesas y mandó venir al Canciller, que, por haber estado enfermo el sábado anterior, se había salvado de que el dragón se lo comiera como a los demás Miembros del Parlamento. Y le preguntó:

—¿Conoce usted algún animal que tenga un nombre que termine en «cora»?

Y el Canciller le contestó:

—Claro que sí: la mantícora.

—¿Qué clase de animal es la mantícora? —quiso saber el rey.

—Es el enemigo jurado de los dragones —dijo el Canciller—. Le gusta chuparles la sangre. Es un animal amarillo, con cuerpo de león y cara de persona. Ojalá tuviéramos unas cuantas mantícoras aquí. Qué mala suerte que la última muriera hace cientos de años.

Entonces el rey fue corriendo y abrió el libro por donde estaba la palabra que terminaba en «cora», y allí estaba el dibujo de la mantícora, amarilla, con su cuerpo de león y su cara de persona, tal como había dicho el Canciller. Y debajo del dibujo estaba escrito el nombre: «Mantícora».

Al cabo de unos minutos, la mantícora, soñolienta, salió del libro frotándose los ojos con las manos y maullando lastimeramente. Tenía un aire bastante estúpido, y cuando Leonardo le dijo, empujándola suavemente: «Anda, venga. Vete a luchar contra el dragón», echó a correr con el rabo entre las piernas.

Fue a esconderse detrás del Ayuntamiento y por la noche, mientras la gente estaba durmiendo, aprovechó para salir y comerse todos los gatitos de la ciudad. Y cada vez maullaba más.

Y el sábado por la mañana, cuando la gente se estaba preguntando si no habría peligro en salir a la calle, o si harían mejor quedándose en casa dado que el dragón no parecía tener hora fija para presentarse, la mantícora se dedicó a recorrer las calles; se bebió todas las botellas de leche que el lechero había ido dejando a las puertas de las casas y después se comió las botellas.

Acabando estaba la última cuando apareció, en lo alto de la calle, el dragón, que venía a buscarla. La mantícora se llevó un susto de muerte, porque resulta que no era de la clase de las que luchan contra los dragones, y, como no encontró otro sitio más a propósito, se escondió en el edificio de Correos.

Allí la encontró el dragón, detrás de las sacas del correo de las diez, y las sacas no le sirvieron de nada. Los maullidos se oían desde los rincones más apartados de la ciudad: todos los gatitos y las botellas de leche que se había zampado parecían haberle dado una fuerza especial a aquellos maullidos.

Después se hizo el silencio. La gente, que empezó a asomarse cautelosamente por las ventanas, pudo ver al dragón bajar las escaleras de Correos escupiendo, como de costumbre, fuego y humo, pero esta vez, además, mechones del pelo de la mantícora y pedazos de cartas certificadas. Las cosas se estaban poniendo muy, pero que muy feas, porque por muy popular que el rey llegara a hacerse durante la semana, al llegar el sábado el dragón siempre hacía alguna barrabasada que le indisponía con sus súbditos.

El dragón estuvo dando la lata durante todo el sábado, excepto al mediodía. Al mediodía solía buscar un árbol para echarse una siestecita a la sombra, porque no le convenía nada que le diese el sol mucho rato. Y es que había que ver el calor que estaba haciendo aquel año.

Pero un sábado el dragón tuvo el atrevimiento de llegar hasta el cuarto de jugar del rey y se comió su caballito de madera. El rey se llevó un disgusto tan grande que no paró de llorar en seis días: el caballo era su juguete favorito, y además tenía balancín y todo. Al séptimo día estaba tan cansado que dejó de llorar. Cuando oyó al pájaro azul cantar entre las rosas y vio a la mariposa revoloteando entre los lirios, dijo:

—Nodriza, por favor, lávame la cara. Ya no voy a llorar más.

La nodriza le lavó la cara y le dijo que no fuera tonto.

—Con llorar nunca se arregla nada.

—Pues no sé qué te diga —dijo el rey—. Ahora que me he pasado una semana llorando me parece que veo mejor y hasta que oigo mejor. Ahora sé que tengo razón. Anda, dame un beso, por si no vuelvo más. Tengo que ir a salvar a mi pueblo.

—Bueno, si crees que tienes que ir, vé. Pero no te mojes los pies ni te estropees la ropa.

—Vale —dijo el rey. Y se fue.

El pájaro azul estaba cantando mejor que nunca, y la mariposa no había brillado nunca tanto como cuando Leonardo se fue a la rosaleda con El libro de los animales. Lo abrió muy deprisa, no le fuera a entrar el miedo y le hiciera cambiar de opinión. El libro se abrió completamente, casi por la mitad: en la parte de abajo de la página ponía «Hipogrifo», y antes de que Leonardo tuviera tiempo de ver de qué se trataba, oyó un batir de alas, y un pisar de pezuñas, y un relincho muy suave. Y del libro salió un maravilloso caballo blanco, con una magnífica crin blanca, con una cola también blanca, larguísima, con unas enormes alas parecidas a las alas de los cisnes, y con los ojos más dulces y de mirar más cariñoso del mundo. Y se quedó allí, parado en medio de las rosas.

El hipogrifo frotó su rosado hocico, suave como la seda, contra el hombro del rey, y el rey pensó:

«Si no fuera por las alas, hubiera creído que era mi caballito de madera». (Y el pájaro azul siguió cantando mejor que nunca).

De repente, el rey vio venir por el cielo la mole inmensa, amenazadora y humeante, del dragón rojo. Pero él ya sabía lo que tenía que hacer. Cogió El libro de los animales y saltó a lomos del encantador hipogrifo, susurrándole al oído:

—Vuela, querido hipogrifo, vuela lo más deprisa que puedas al Desierto Pedregoso.

Cuando el dragón les vio salir, viró en redondo y voló tras ellos. Agitaba sus alas, que eran rojas como las nubes del crepúsculo, mientras que las del hipogrifo eran blancas como las nubes que acompañan al sol al amanecer.

Los habitantes del pueblo, cuando vieron al dragón salir volando detrás del hipogrifo y del rey, salieron todos de sus casas para no perderse nada del espectáculo, pero cuando les perdieron de vista se pusieron en lo peor y empezaron a pensar en lo que se pondrían para el luto real.

Sin embargo, el dragón no conseguía alcanzar al hipogrifo. Las alas rojas, con ser más grandes que las blancas, no eran tan fuertes, así es que el caballito siguió volando, volando, volando, llevando siempre al dragón detrás, hasta que llegaron al Desierto Pedregoso, que era algo parecido a una playa, sólo que en vez de arena tenía piedras redondas, y no se veía un árbol, ni siquiera una brizna de hierba, en varias millas a la redonda.

Leonardo se bajó del caballo en el mismo centro del Desierto Pedregoso, y rápidamente soltó los cierres de El libro de los animales y lo dejó abierto sobre las piedras. Echó otra vez a correr hacia su caballito, y, apenas había acabado de montar, cuando llegó el dragón. Venía casi sin fuerzas y miraba desesperadamente a su alrededor buscando un árbol, porque acababan de dar las doce, el sol brillaba implacable en el cielo, redondo como una moneda de oro, y no se veía una sombra por ninguna parte.

El caballito voló dando vueltas alrededor del dragón, que se retorcía sobre las ardientes piedras. El pobre estaba pasando un calor tan espantoso que incluso había empezado a echar humo, y estaba convencido de que no iba a tardar mucho en echar llamas, a menos que encontrase un árbol que le diese un poco de sombra. Alzó las zarpas amenazadoramente hacia el rey y su hipogrifo, pero se encontraba demasiado débil para alcanzarlos y, además, no quería hacer más esfuerzos para no acalorarse más.

Entonces vio El libro de los animales abierto sobre las piedras, justo por la página en que ponía «Dragón» en la parte de abajo. Lo miró, dudó, lo volvió a mirar, y entonces, con un rugido desesperado, se escurrió hasta meterse en el hueco de la página y se sentó debajo de la palmera. De lo caliente que estaba, una esquinita de la página se chamuscó.

En cuanto Leonardo vio al dragón guarecerse bajo la sombra de su palmera, a falta de otro árbol, bajó rápidamente del caballo y le faltó tiempo para cerrar el libro.

—¡Viva, viva! —gritó—. ¡Lo hemos conseguido!

Y apretó muy fuerte los cierres de turquesas y rubíes. Luego se volvió hacia el caballo:

—Mi querido hipogrifo —le dijo—. Eres el más valiente, el más hermoso, el más…

—Por favor, Majestad —dijo el hipogrifo, ruborizándose—, que no estamos solos…

Era verdad: estaban rodeados de un montón de gente. Con el pueblo estaban, además del Primer Ministro, los Miembros del Parlamento, los futbolistas, los niños del Orfelinato, la mantícora, el caballo de madera y todos a los que el dragón se había ido comiendo. Como podréis suponer, era imposible que el dragón los metiera a todos en el libro (había tan poco sitio que hasta él mismo estaba un poco apretado), así es que tuvieron que quedarse fuera. Se volvieron todos a casa y fueron felices para siempre.

Cuando el rey le preguntó a la mantícora dónde le gustaría vivir, ésta le pidió que le permitiese volver al libro.

—Es que, sabéis, la vida pública no me gusta demasiado —explicó.

Y como ya se conocía el camino hasta su página, no había peligro de que se abriese el libro por otro lado y se volviese a escapar el dragón, o algo por el estilo. Así es que se volvió a su dibujo y desde entonces no ha salido de allí: por eso es por lo que nunca veréis una mantícora, aunque viváis cien años, como no sea en un libro de estampas. Ah, por supuesto, también se dejó los gatitos fuera, porque no había sitio en el libro, y lo mismo hizo con las botellas de leche.

El caballito de madera pidió que le dejaran quedarse en la página del hipogrifo.

—Es que —explicó— he pasado tanto miedo, que de ahora en adelante me gustaría vivir en un sitio donde pudiera estar totalmente a salvo de los dragones.

El precioso hipogrifo de alas blancas le enseñó el camino, y allí se quedó hasta que, al cabo del tiempo, el rey le sacó para que jugasen con él sus ta-ta-ta-ranietos.

Y el hipogrifo, por su parte, aceptó el puesto que dejaba vacante el caballito de madera, y tanto el pájaro azul como la mariposa han seguido cantando entre los lirios y las rosas hasta hoy mismito.


lunes, 7 de septiembre de 2020

NARVALES: LOS UNICORNIOS DEL MAR



Pocos animales inspiran tanta fascinación e intriga como el narval que habita en el Ártico: los descubrimientos de su largo colmillo en espiral inspiraron leyendas sobre los unicornios. Pero la verdadera naturaleza del colmillo no es menos extraordinaria. Algunos datos sobre los narvales:

1. Ballena cadáver

El término "narval" es escandinavo y significa "ballena cadáver", que se refiere al color de la piel moteada de color gris-negro de la criatura, el color de un cadáver. De hecho, cuando nacen, la piel es rosada: el moteado se desarrolla con la edad y se vuelve cada vez más pálido después de cuatro años. Por lo tanto, la coloración se puede usar para dar una estimación aproximada de la edad de un narval.

Algunos narvales viven hasta 100 años, pero la mayoría vive alrededor de 60 años.

2. No es un cuerno sino un diente

La característica más extraordinaria del narval es el largo colmillo en espiral que siempre rota hacia la izquierda. Nadie está seguro de por qué se tuerce de esta manera.

El colmillo, que mide hasta 3 m de largo, es en realidad un diente canino que emerge del lado izquierdo de la mandíbula superior, a través del labio.

Cada macho tiene un colmillo y ocasionalmente dos colmillos, pero menos del 15% de las hembras tiene uno.

3. Una maravilla de la ingeniería

El colmillo de narval es una maravilla de la ingeniería. Es muy fuerte y muy flexible, lo que es inusual, porque si los materiales son muy fuertes, generalmente no son flexibles.

A diferencia de nuestros propios dientes, el colmillo de narval es suave por fuera y gradualmente se vuelve duro y denso por dentro.

4. El narval y el unicornio

Se cree que los narvales podrían ser el origen del mito del unicornio. Los grandes colmillos en espiral del narval, que se creía que eran los cuernos de unicornios, fueron salvaguardados en iglesias desde Londres hasta Cracovia. Los cuernos fueron apreciados por sus propiedades purificantes y saludables; Se decía que las tazas hechas con cuernos podían purificar el agua y detectar sustancias venenosas. 

5. Justar o no justar

La función del colmillo de narval sigue siendo un tema muy debatido. Muchos investigadores creen que se usa para la seducción sexual, al igual que las astas de un venado. Las hembras suelen aparearse con los machos con colmillos más grandes.

Otras teorías sugieren que el colmillo es un órgano sensorial capaz de detectar cambios en el medio ambiente; una ayuda a la navegación en el hielo; un arma para luchar contra otros narvales y depredadores, y para cazar presas.

6. Pistola paralizante

Los narvales se alimentan principalmente de bacalao ártico, calamar y fletán negro. En 2017, las imágenes de los drones sugirieron que pueden usar su colmillo para golpear y aturdir a los peces cerca de la superficie.

7. Un recurso valioso

Los narvales son venerados y perseguidos por los inuit. La grasa interna y externa del narval se llama maqtaaq, tiene un sabor a nuez y se considera un manjar. La piel es una rica fuente de vitamina C para los inuit, vital cuando vives en el Ártico, sin acceso a fruta fresca. Los inuit han utilizado colmillos de narval como palancas para levantar y mover trineos a través del hielo marino.

8. Hágase oír

Los narvales usan la ecolocalización para buscar alimento y navegar; este es el sistema que usan los murciélagos en tierra. Producen pulsos de sonido y escuchan los ecos para crear una imagen de su entorno.

Los narvales también producen pulsos, llamadas y silbidos que se cree que se utilizan para la comunicación. Se cree que los narvales producen llamadas individuales o grupales únicas, como los delfines.

9. Vida en el hielo

Los narvales están muy bien adaptados a vivir en regiones heladas. Por ejemplo, carecen de aleta dorsal que les permite viajar más fácilmente en el hielo.

Los narvales son buenos para navegar en bloques de hielo, pero no son lo suficientemente fuertes para romper el hielo y, por lo tanto, dependen de las fracturas y grietas en el hielo. Cuando las roturas en el hielo no están disponibles, pueden quedar atrapadas, lo que puede ser fatal.





EL UNICORNIO EN ESCOCIA Y OTROS LUGARES


Escocia es una de las pocas naciones que eligió una criatura mitológica en lugar de una real como su animal nacional, y probablemente la única nación que eligió un animal que nadie creía que realmente viviera allí...

Porque el animal nacional de Escocia es el unicornio.

Entonces, ¿por qué Escocia tiene una criatura imaginaria como su animal nacional y de dónde provienen realmente el unicornio, sus historias y su tradición?

Los unicornios son tradicionalmente esquivos, cazados sin éxito a través de los bosques, requiriendo la intervención de doncellas para capturarlos. Y las historias de unicornios son tan esquivas...

Cuando la familia real escocesa adoptó el unicornio como símbolo de fuerza y ​​pureza en la época medieval, lo que resultó en estatuas de unicornios y símbolos heráldicos en castillos y plazas de toda Escocia, se identificaron con un animal poderoso que realmente creían que existía. Pensaron que el unicornio era un animal real, que vivía en otro lugar.

¿Pero dónde más?

Las historias y la tradición de los unicornios tienen una amplia difusión geográfica:

- Hay una leyenda china sobre una criatura multicolor de un cuerno que predijo grandes eventos. El Qi Lin tenía un solo cuerno que era rojo, amarillo, azul, blanco y negro, por lo que no se parecía a la elegante bestia de colores sutiles que asociamos con la palabra "unicornio" hoy en día. Pero tenía una naturaleza amable, nunca pisaba la hierba viva ni se comía una criatura viva. El Qi Lin pareció anunciar el nacimiento de emperadores y también el nacimiento del gran sabio Confucio.

- Hay un cuento popular ucraniano sobre un unicornio jactancioso que se niega a subir al arca y luego se las arregla para nadar durante cuarenta días y cuarenta noches, pero cuando se enviaron pájaros para encontrar tierra, uno se posó en el cuerno del unicornio y se hundió bajo las olas, para no volver a ser visto nunca.

- Hay una canción infantil en inglés sobre la lucha del león y el unicornio:

El león y el unicornio
luchaban por la corona,
El león venció al unicornio por
toda la ciudad.

(Luego, el verso que no me convenció ni siquiera cuando era niña, sobre un carnívoro y un herbívoro a los que se alimentaba con pan y pastel de ciruelas...)

- Hay una historia de los hermanos Grimm sobre un pequeño sastre valiente que muestra un lado muy diferente del unicornio que creemos que conocemos hoy: nuestro héroe tiene la tarea de capturar un unicornio temible y violento, y lo logra engañándolo para que cargue hacia un árbol, para que su cuerno se atasque y sea fácil de capturar.

Esta historia probablemente esté relacionada con un antiguo mito, que puede ser de origen babilónico, sobre el león como el sol y el unicornio como la luna, persiguiéndose por el cielo. El león también engaña al unicornio para que empale su cuerno en un árbol. Pero esta vez el león se unicornio se come al unicornio en lugar de capturarlo. La persecución del cielo se repite y se repite, con el león-sol siempre ganando, mientras el unicornio-luna mengua y muere, excepto cuando hay un eclipse y el unicornio-luna gana, brevemente...

- Hay otro cuento popular alemán sobre un unicornio que ayudó a una bruja a escapar de los soldados y matar a un monje, que está relacionado con una cueva de unicornios: el Einhornehohle cerca de Schwarzfeld.

- Hubo varios cuentos que se generalizaron en Europa hace cientos de años, pero cuyo origen es difícil de precisar, entre ellos:

La tradición de que un unicornio solo puede ser capturado por una virgen, con la imagen completamente poco sutil del unicornio colocando su cabeza con cuernos en su regazo.

Y la historia de una fuente de agua que es envenenada por el veneno de una serpiente, y el unicornio sumerge su cuerno en el agua para eliminar mágicamente el veneno y hacer que el agua sea potable para todos los demás animales. Esto puede estar relacionado con un antiguo mito persa sobre un asno gigante con un cuerno en el océano que limpia el mal del agua.

Esta tradición de lucha contra el veneno llevó a que las personas ricas buscaran tazas de cuerno de unicornio y cuerno de unicornio molido para protegerse contra los intentos de envenenamiento. Este valioso comercio disminuyó lentamente cuando se demostró que todos esos largos cuernos de unicornio en espiral no provenían del exótico este sino del gélido norte, porque eran colmillos de narval. Sin embargo, un cuento dice que James VI de Escocia tenía una forma más directa de demostrar que un remedio muy costoso no era efectivo contra el veneno: probó veneno mezclado con polvo de cuerno de unicornio en un sirviente, que cayó muerto ...

Y hay muchas historias fantásticas de exploradores y viajeros, desde los antiguos griegos en adelante, sobre personas que rastrean al asombroso unicornio, o más a menudo sobre haber hablado con alguien que había hablado con otra persona que afirmaba haber visto un unicornio. Muchos de estos avistamientos de segunda mano pueden haber sido de rinocerontes, en África e India.

A pesar de las dificultades de inmovilizar a un unicornio (a menos que puedas persuadirlo de que se estrelle contra un árbol), hace tiempo que estoy decidido a contar una historia de unicornio escocés. Finalmente encontré un cuento maravilloso de la comunidad de viajeros escoceses, en The Coming of the Unicorn de Duncan Williamson, sobre un triste rey cuyos magos inventaron una bestia de un solo cuerno (de pedazos de caballo, jabalí y león) para animarlo, pero como nunca pudo atrapar a la bestia, en su lugar hizo que esculpiera una estatua. Lo que explica claramente la conexión del unicornio con la realeza, todas esas estatuas escocesas y los aspectos de varios animales en forma de unicornio.

Todas estas historias, incluso las de los lugares donde se creía que vivía el unicornio, trataban de una criatura rara, vislumbrada solo fugazmente. Ese escurridizo unicornio ha simbolizado muchas cosas, en muchos lugares y muchas veces. El brillante unicornio comercializado e inofensivo para niños de hoy en día es solo una versión de una criatura que personas de todo el mundo han estado cazando durante milenios...




UNICORNIOS EN LA PREHISTORIA


Una pintura en las cuevas prehistóricas de Lascaux, Francia representa un animal con dos cuernos rectos que salen de su frente. 

Se podría pensar que es un unicornio, pero la simple perspectiva del dibujo hace que los dos cuernos parecezcan ser un solo cuerno, recto. 

Pero hay más y es que la especie a la que pertenece esta figura de la figura es desconocida, y es por eso que ha recibido el nombre de "el unicornio". 

Richard Leakey sugiere que, al igual que "el brujo" que se encuentra en Trois-Frères, es un teriántropo, una mezcla de animal y humano, su cabeza es la de un hombre con barba.

Hay informes no confirmados de pinturas aborígenes de unicornios en Namaqualand en el sur de África. Un grupo de  estudiantes escribió sobre ellos en su tesis de grado después de un viaje de estudios en el extranjero. 

Un pasaje del diario de viaje de Bruce Chatwin En la Patagonia (1977) relata su encuentro con un científico de América del Sur que creía que los unicornios estaban entre especies extintas de América del Sur, y que fueron cazados hasta la extinción por el hombre en 5000 o 6000 a.d.C. 

Lo mismo dice Chatwin sobre dos pinturas rupestres aborígenes de unicornios en Lago Posadas (Cerro de los Indios).

Hay una leyenda occidental que también habla de una mujer joven llamada Elly que se encontró con un unicornio, y que este lloró por ella.  Sus lágrimas curaron las heridas de su corazón.