LA VIDA SECRETA DE CARLOS CASTANEDA

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domingo, 6 de septiembre de 2020

EL DRAGÓN Y EL ELEFANTE


En Tirinto, Siria, a lo largo de las riberas del Eufrates, las serpientes en otro tiempo no hacían ningún daño a los habitantes del país, pero mataban sin misericordia a todos los extranjeros.

Los mayores dragones se encontraban antiguamente en las Indias. Plinio, tan aficionado a los cuentos antiguos, da una descripción muy detallada del combate del dragón y el elefante.

Este último, dice, queda siempre vencido; pero el otro paga su victoria con la vida; he ahí cómo:

"El dragón se pone en acecho sobre un árbol, cerca del camino por donde ha de pasar el elefante; en cuanto éste se pone a su alcance, se arroja sobre él y se enrosca alrededor de su cuerpo; el elefante corre para frotarse contra los troncos de los árboles y las rocas con objeto de aplastar a su enemigo. Pero la sierpe es maligna, adivina la intención de su antagonista y le liga dos piernas con su cola, lo que le obliga a combatir allí mismo.

Con su trompa el cuadrúpedo logra desembarazarse los pies, pero en seguida la serpiente le rodea el cuerpo como con un cable; enlaza su cabeza y su cola de manera que forme como un nudo corredizo, y aprieta tan fuerte los lomos del elefante, que acaba por sofocarlo; mas el enorme cuadrúpedo, al caer, aplasta al dragón bajo su pesada masa".

Plinio, después de contar dos o tres maneras de combatir entre esos animales, se pregunta por qué estos dos gigantes de la naturaleza son enemigos y no dejan nunca de atacarse cuando se encuentran, y razona del modo siguiente: «Es, dice, porque el elefante tiene la sangre fría, y los dragones son muy golosos de esa sangre para refrescarse durante los calores.» 

Cuenta que hay muchos dragones en el país de los asaqueos, en Etiopía; que descienden varios a la vez hasta la orilla del mar, se enlazan unos con otros entretejiéndose, para formar una especie de tren o balsa, elevan las cabezas por encima del agua para que les sirvan de velas y bogan de este modo hasta Arabia.

Megastenio pretende que esas serpientes sólo pueden tragar entero un ciervo o un toro, y otros naturalistas tales como Valmont de Bouzare (Dict. de hist. nat.), apoyan esta opinión. He aquí cómo explican este hecho: 

"Las grandes especies de serpientes, tales como las boas y pitones, van a ponerse en emboscada cerca de un charco al que los búfalos acostumbran a acercarse: si hay un árbol cerca  o en la misma  misma orilla del agua donde van a refrescarse, la serpiente se enrosca al tronco con la cola, y deja flotar elásticamente su escamoso cuerpo sobre las ondas; pero si el árbol está muy lejos del charco, después de enroscarse en él extiende su cuerpo sobre una rama baja y lo deja colgante hasta cerca de tierra su cabeza y su larga cola.

En tal actitud permanece perfectamente inmóvil y al acecho, hasta que la casualidad conduce la presa a su alcance: entonces, sin abandonar el tronco del árbol que le sirve de punto de apoyo, se lanza sobre el toro, lo enlaza con sus anillos, le estrecha como con un cable y lo ahoga. Le atrae luego hacia el tronco del árbol, lo une a él enroscándose en torno de los dos, y continúa apretándolo, o más bien amasándolo hasta que ha roto los huesos y reducido las carnes a una especie de pasta encerrada en la piel como en un saco. Bomare dice que mientras el dragón ejecuta esta operación gastronómica, a distancia de una legua se oyen crujir los huesos del toro, y no creo que Plinio haya dicho jamás nada parecido.

Cuando el dragón ha reducido al toro a ese estado pastoso, se ocupa en prolongar todo lo posible el cuerpo del animal, a fin de disminuir su diámetro y tener más facilidad para engullirlo; enseguida lo cubre con una baba viscosa para volverlo más escurridizo, y luego lo traga de una vez, de igual modo que una gruesa culebra traga una rana".

Puede ser, como dicen nuestros viajeros modernos, que una boa haya sorprendido y derribado un mamífero demasiado grande, comparado con él, para que le sea posible tragarlo de un solo bocado. En tal caso, como no puede dividir su presa, engulle sólo la mitad; la otra mitad permanece en su boca hasta que ha digerido la primera, después de lo cual traga el resto. Hay que añadir que es muy fácil matarla a garrotazos cuando se encuentra en tal estado, porque esa penosa digestión la tiene entorpecida.

He aquí una historieta muy bonita de un viajero naturalista: Cazaba en un bosque de la India, cuando de repente percibió entre las malezas una cabeza de ciervo que le miraba: se aproximó suavemente para descubrir el cuerpo del animal con objeto de apuntarle al corazón; pero, con gran sorpresa suya, continuaba viendo la cabeza con una magnífica cornamenta y unos brillantes ojos fijos en él, sin poder descubrirle el cuerpo. En fin, a través del follaje y adelantando siempre con precaución, entrevió el cuello del ciervo, que se balanceaba sin cesar, como la cabeza y los cuernos; este cuello tenía cinco o seis pies de longitud y parecía, por su base, salir del suelo, o más bien de en medio de un espesor de cañas. El viajero, encantado de su descubrimiento, y no dudando que tenía a la vista una nueva especie de rumiante de grandes cuernos, pensaba ya darle el nombre de cervus longicollis, mihi, cuando llegado cerca del pretendido cervus, vio que era un enorme boa que hacía la digestión.

El reptil había engullido un ciervo, pero como no había podido tragar los cuernos, éstos se erguían a ambos lados de la boca, lo cual le asemejaba perfectamente a una serpiente cornuda. No le fue difícil a nuestro verídico viajero matar al entontecido animal.


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