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domingo, 6 de septiembre de 2020

EL DRAGÓN DE FUEGO (CUENTO)

 


La princesa solía despertarse al oír el canto de los estorninos, y en cuanto el bosque se despertaba, subía corriendo, descalza y en bata, la escalera de caracol que llevaba a la torre, para desde allí tirarle besos al sol, y al bosque, y a la ciudad dormida, y decirles a todos:

—¡Buenos días, precioso mundo!

Después bajaba por las frías escaleras de piedra y se ponía su traje de casa y su delantal, y empezaba su trabajo. Barría las habitaciones, limpiaba el polvo y hacía el desayuno; después fregaba las tazas y frotaba bien las sartenes hasta que las dejaba relucientes, y todo esto lo hacía porque era una princesa de verdad. Y porque de todos los que habían estado a su servicio, sólo una persona le seguía siendo fiel: su vieja niñera, que había vivido siempre con ella en la torre. Y ahora que la niñera era vieja y no tenía casi fuerzas, la princesa no le permitía trabajar, y ella hacía personalmente todo el trabajo de la casa, mientras la niñera se sentaba a coser. Y es que se trataba de una princesa auténtica, con la piel blanca como la leche, el pelo rubio pálido como el lino, y el corazón de oro.

Se llamaba Sabrinetta y era nieta de Sabra, la que se casó con San Jorge después de que éste la liberase del dragón, matándole, y todo aquel país le pertenecía por derecho. Suyos eran los espesos bosques que llegaban hasta el pie de las montañas, y las colinas que se deslizaban hasta el mar, y los campos de trigo, de maíz y de cebada, y los olivares y las viñas, y hasta la ciudad misma, con sus torres grandes y sus torres pequeñas, con sus tejados puntiagudos y sus caprichosas ventanas, colocada en el llano que quedaba entre el mar con su remolino y las montañas nevadas que se teñían de rosa al amanecer.

Cuando los padres de la princesa murieron, su primo recibió el encargo de ocuparse del reino hasta que ella fuese mayor, pero el primo, que era malísimo, se había quedado con todo, hasta con los súbditos.

A la princesa no le quedó nada, excepto la torre a prueba de dragón que había mandado construir su abuelo, y, de todos sus servidores, sólo siguió a su lado su fiel niñera.

Y fue Sabrinetta la primera persona que vio aquello tan fantástico. Muy temprano, muy temprano, cuando toda la gente de la ciudad dormía todavía a pierna suelta, la princesa, desde la torre, contempló la verde campiña que se extendía ante ella. A la entrada del bosque había un seto de helechos y zarzas. Y cuando Sabrinetta miraba desde la torre, notó de pronto que el seto empezaba a moverse como si alguien lo estuviera zarandeando, y algo grande y brillante asomó por un segundo, para volver enseguida a desaparecer. Fue todo muy rápido, pero la princesa, que alcanzó a verlo perfectamente, pensó:

«Santo Cielo, qué cosa más rara. Si fuera un poco más grande, y si no supiera yo que estos monstruos ya no existen, hubiera dicho que se trataba de un dragón».

Aquella cosa, fuese lo que fuese, resultaba, efectivamente, demasiado pequeña para ser un dragón, pero, al mismo tiempo, demasiado grande para ser un lagarto.

—Ojalá no se hubiera escondido tan deprisa —dijo Sabrinetta—, para poder asegurarme de qué es. Porque si es un dragón, a mí no me pasará nada en mi torre a prueba de dragones, pero hoy es primero de mayo y los niños vienen al bosque a coger flores.

Cuando Sabrinetta terminó de limpiar la casa (y no dejó una mota de polvo ni en el último rincón), se puso su traje blanco de seda bordado de margaritas y subió otra vez a la torre.

El campo estaba cubierto de grupos de niños que iban a coger flores y llenaban el aire de risas y canciones.

«Ojalá que no sea un dragón», pensó Sabrinetta.

Los niños, de dos en dos, y de tres en tres, y de diez en diez, y de veinte en veinte, se desparramaban por el campo, y sus vestidos, rojos, amarillos, blancos y azules, resaltaban sobre la hierba verde.

—Es como un manto de seda con flores bordadas —sonrió la princesa.

Y de dos en dos, y de tres en tres, y de diez en diez, y de veinte en veinte, los niños desaparecieron en el bosque, y el campo se quedó verde liso otra vez.

—Ahora todo el bordado se ha deshecho —suspiró la princesa.

El sol resplandecía en un cielo azul y sin nubes, y el campo estaba verde y fragante, y lleno de flores, porque era el mes de mayo, pero, de pronto, una nube cubrió el sol, y los niños, dando gritos de terror, salieron disparados del bosque y corrieron, azules y rojos y blancos y amarillos, por el campo, alejándose todo lo deprisa que podían. Sus gritos llegaban hasta la torre y la princesa pudo escuchar sus palabras:

—¡El dragón, el dragón! ¡Abrid las puertas, que viene el dragón de fuego!

Y llegaron corriendo hasta las puertas de la ciudad, y la princesa oyó cómo se abrían para dejarles pasar y cómo se cerraban tras ellos.

Los helechos y las zarzas del seto empezaron a chamuscarse y una cabeza horrible, echando fuego, apareció un momento y volvió a desaparecer enseguida.

La princesa bajó de la torre y le contó a la niñera lo que había visto, y la niñera fue rápidamente a cerrar la puerta y se metió la llave en el bolsillo.

—Tú deja que se cuiden ellos —le dijo a la princesa, que quería salir a ayudar a los niños—. Mi obligación es cuidar de ti, hermosa mía, y eso es lo que voy a hacer. Vieja y todo, todavía puedo darle vuelta a una llave.

Así es que Sabrinetta se volvió a lo alto de la torre, pero no podía evitar que se le saltasen las lágrimas cada vez que se acordaba de los niños, porque sabía que las puertas de la ciudad no eran a prueba de dragón, y el monstruo podía echarlas abajo de un soplo.

Los niños se fueron derechos a palacio, donde encontraron al príncipe practicando con el látigo en las perreras, y le contaron lo que había pasado.

—Buena caza —dijo el príncipe, y se dispuso a preparar su manada de hipopótamos.

Porque habéis de saber que el príncipe tenía la costumbre de salir de caza con hipopótamos, y sus súbditos no hubieran tenido nada que oponer si no hubiera sido porque cada vez que salía cruzaba por enmedio de la ciudad seguido de la manada, que pisoteaba los puestos de verduras y frutas del mercado y destrozaba los cacharros de cerámica que se exponían en las calles para vender.

Cuando el príncipe hizo sonar el cuerno de caza anunciando la batida contra el dragón, la gente comprendió que iba otra vez a cruzar la ciudad con los hipopótamos trotándole a los talones, y todo el mundo se apresuró a meterse rápidamente en sus casas y a recoger las mercancías de las calles.

Los hipopótamos se apretujaban unos contra otros para pasar por las puertas de la ciudad, que no estaban hechas a su medida, y después se desparramaban por el campo. Si nunca habéis visto una manada de hipopótamos gruñendo todos a la vez, será muy difícil que os hagáis una idea. Para empezar, los hipopótamos no ladran como los perros, sino que más bien gruñen como los cerdos, sólo que a un volumen diez veces más alto. Y tampoco saltan los vallados, como hacen los perros, sino que los aplastan para pasar.

Lo malo era que también aplastaban los campos de maíz, y los de trigo, y las hortalizas, cosa que desesperaba a los granjeros. Es verdad que cada hipopótamo llevaba al cuello un collar con su nombre y su dirección, pero cada vez que un granjero llegaba a palacio con una reclamación porque los hipopótamos le habían destrozado los sembrados, el príncipe contestaba invariablemente que le estaba bien empleado por haber puesto los sembrados en el sitio de paso de los hipopótamos. Y no le pagaba la menor indemnización.

Por eso esta vez, cuando el príncipe salió con su manada a dar la batida al dragón, fueron muchos los que murmuraron:

—Ojalá que el dragón se lo coma…

Lo cual no está muy bien que digamos, pero la verdad es que el príncipe se lo merecía.

El príncipe y sus hipopótamos recorrieron los campos de cabo a rabo, y peinaron literalmente el bosque, pero el dragón era muy tímido y no se dejaba ver. Y justo cuando el príncipe empezaba a pensar que no había ningún dragón y que todo había sido una falsa alarma, su hipopótamo favorito avisó que había caza a la vista, y el príncipe hizo sonar el cuerno y gritó:

—¡Adelante, mis valientes! ¡El dragón es nuestro!

Y toda la manada cargó colina abajo hacia un agujero entre los árboles. Porque allí, mostrándose abiertamente, estaba el dragón, grande como un remolcador, echando humo como la chimenea de una fábrica, escupiendo fuego y enseñando los dientes.

—¡Empieza la caza! —gritó, alborozado, el príncipe.

Y vaya si empezaba. Porque el dragón, en vez de volver grupas y desaparecer, como era su obligación, se fue derecho hacia la manada; el príncipe, montado en su elefante, vio, impotente, cómo se zampaba, uno por uno, toda la manada de hipopótamos en menos que canta un gallo. Era un espectáculo verdaderamente espeluznante: de toda aquella manada que había salido tan alegremente de la ciudad para dar la batida contra el dragón, pronto no quedó ni un solo hipopótamo. El dragón, relamiéndose, miraba a su alrededor por si se le había escapado alguno.

El príncipe, que, como hemos dicho antes, iba montado en un elefante, se deslizó por el otro lado al suelo y corrió, lo más deprisa que pudo, a esconderse en el bosque, con la esperanza de que el dragón no le viera, y atravesó el seto por un agujero, arrastrándose de forma muy poco principesca.

El bosque estaba tranquilo y silencioso: no había ni un chasquido de ramas rotas, ni el menor olor a quemado que pudiese alarmarle. El príncipe se bebió el contenido de la botella de plata que llevaba colgada del hombro y se acomodó en un tronco hueco para pasar la noche. No derramó ni una lágrima por los pobres hipopótamos que tan fielmente le habían acompañado durante tantos años en sus cacerías, porque era un príncipe de mentirijillas, que tenía la piel como el cuero, y el pelo como cerdas de cepillo, y el corazón de piedra. No derramó ni una lágrima, pero se quedó dormido.

Cuando se despertó era de noche. Salió del hueco del tronco y se frotó los ojos. A su alrededor, todo el bosque estaba oscuro, pero no lejos de allí había un punto de luz. Se acercó y vio que era una pequeña hoguera, junto a la que estaba sentado un muchacho pobremente vestido, de pelo largo y rubio: a su alrededor yacían unas formas redondeadas que respiraban pesadamente.

—¿Quién eres? —preguntó el príncipe.

—Soy Elfinn, el porquero —contestó—. ¿Y usted quién es?

—Soy el príncipe Fastidioso —dijo el príncipe.

—¿Y qué está usted haciendo fuera de palacio a estas horas? —preguntó, con cierta severidad, el porquero.

—He estado de caza —dijo el príncipe.

El porquero se echó a reír.

—Así que era usted, ¿eh? ¿Y qué tal se le dio la caza? Mis cerdos y yo lo vimos todo.

Las formas redondeadas que rodeaban al muchacho gruñeron y roncaron: por sus malos modales, el príncipe llegó a la conclusión de que debían de ser los cerdos.

—Si usted hubiera sabido lo que yo sé —dijo Elfinn—, su manada podía haberse salvado.

—¿Y qué es lo que tú sabes?

—Todo sobre el dragón. Para empezar, escogió usted la peor hora del día para dar la batida. Al dragón hay que cazarlo de noche.

—Ah, no, muchas gracias —el príncipe se estremeció—. Como si no fuera bastante difícil dar una batida de día. Verdaderamente, pareces tonto.

—Bueno, pues haga usted lo que quiera —dijo Elfinn— y mañana será el dragón el que venga a cazarle a usted, y a mí me importará un comino. Usted sí que parece tonto.

—Eres un grosero —dijo Fastidioso.

—No, es que digo la verdad.

—Bueno, pues dime la verdad ahora. ¿Por qué dices que si hubiera sabido tanto como tú no hubiera perdido a mis hipopótamos?

—¿Qué me da usted si se lo digo?

—¿Si me dices qué?

—Lo que quiere usted saber.

—Yo no quiero saber nada.

—Entonces es que es usted más tonto de lo que yo había pensado —dijo Elfinn—. ¿O no quiere usted saber cómo cazar al dragón antes de que él le cace a usted?

—Bueno, sí —admitió el príncipe.

—Normalmente no soy una persona de mucha paciencia —dijo Elfinn—, y ahora mismo le puedo asegurar que me queda muy poca. ¿Qué me dará usted si se lo digo?

—La mitad de mi reino —dijo el príncipe— y la mano de la princesa mi prima.

—Hecho —dijo el porquero—. Ahí va eso: EL DRAGÓN SE HACE PEQUEÑO POR LAS NOCHES. Y duerme entre las raíces de este árbol. Yo lo utilizo para encender el fuego.

Efectivamente, debajo del árbol, sobre un lecho de musgo chamuscado, estaba acurrucado el dragón, y era del tamaño de un dedo meñique.

—¿Y cómo puedo acabar con él? —preguntó el príncipe.

—De eso no tengo ni idea —dijo Elfinn—, lo único que yo puedo decirle es cómo puede llevárselo de aquí, si tiene algo donde meterlo. Esa botella, por ejemplo, podría servir.

Y entre los dos, con la ayuda de unas ramitas secas y a base de quemarse las puntas de los dedos, se las arreglaron para meter el dragón en la botella de plata, y el príncipe apretó muy fuerte el tapón, que era de rosca.

—Ahora que ya lo tenemos —dijo Elfinn—, convendría ponerle a la botella el Sello de Salomón para que no pueda salirse. Vamos. Mañana nos repartiremos el reino y así tendré dinero para comprarme ropa a propósito para ir a cortejar a su prima.

Pero el príncipe no había pensado ni por un momento en mantener las promesas que había hecho.

—¿Qué estás diciendo? He sido yo quien ha capturado al dragón, y en mi vida he dicho nada de dividir reinos ni de cortejar a princesas. Y como me lleves la contraria, te corto la cabeza aquí mismo.

Y sacó su espada.

—Bueno, bueno —dijo Elfinn, y se encogió de hombros—. Después de todo, en este asunto yo salgo mejor parado que usted.

—¿Qué quieres decir? —barbotó el príncipe.

—Que usted no tiene más que un reino y un dragón, pero yo tengo las manos limpias y setenta y cinco hermosos cerdos.

Elfinn volvió a sentarse tranquilamente junto al fuego y el príncipe se fue a palacio y les contó a los miembros del Parlamento lo listo y lo valiente que había sido, y aunque les sacó de la cama para contárselo, ellos no se enfadaron, sino que dijeron que realmente tenía un valor sin límites y que había que ver lo listo que era, porque sabían lo que pasaba si se le llevaba la contraria.

El Primer Ministro puso solemnemente el Sello de Salomón en la botella y la depositó en la Cámara del Tesoro, que estaba en el edificio más sólido de la ciudad, todo él hecho de cobre macizo y con unas paredes tan gruesas como el puente de Waterloo.

Colocaron la botella entre los sacos de oro, y el secretario más joven del empleado más joven del más joven subsecretario de Hacienda fue el encargado de hacer guardia toda la noche y avisar si pasaba algo.

El secretario más joven no había visto un dragón en su vida y, lo que es más, estaba convencido de que tampoco lo había visto el príncipe, que, con la fama de embustero que tenía, no tendría nada de particular que hubiera traído una botella vacía diciendo que dentro había un dragón. Así que al secretario más joven, que no tenía otra cosa que hacer aquella noche, no le importó quedarse, cogió la llave que le daban y, cuando toda la ciudad estaba durmiendo, invitó a los secretarios más jóvenes de otros Ministerios y lo pasaron estupendamente jugando al escondite entre los sacos de oro, y a las canicas con las perlas, los diamantes y los rubíes.

Como lo estaban pasando tan bien, no se daban cuenta de que en la cámara hacía cada vez más calor, hasta que, de pronto, el más joven de los secretarios gritó:

—¡Mirad la botella!

La botella, con el Sello de Salomón, se había ido hinchando, hinchando, hasta volverse tres veces más grande de lo normal, y se había puesto al rojo y cada vez se hacía más grande, y el aire se calentaba cada vez más… hasta que todos los secretarios decidieron que allí hacía demasiado calor para quedarse un momento más y salieron empujándose unos a otros. Justo cuando el último se volvía para cerrar la puerta, la botella estalló, y el dragón, que no dejaba de crecer, salió de la botella y empezó a tragarse los sacos de oro y a comerse las perlas y los rubíes como si fueran avellanas.

A la hora del desayuno ya se había comido todo el tesoro, y cuando el príncipe se presentó, a eso de las once, se encontró con el dragón, que salía por la puerta rota, babeando oro derretido. El príncipe dio media vuelta y echó a correr como alma que lleva el diablo hacia la torre de su prima, donde el dragón no podía hacerle nada.

La princesa, que le vio llegar, bajó corriendo y le abrió la puerta, dejándole pasar y cerrándola enseguida en las mismas narices del dragón, que se quedó fuera aullando lastimeramente porque tenía verdaderas ganas de comerse al príncipe.

La princesa llevó al príncipe al mejor salón y puso la mesa para él, y le sirvió crema, y huevos, y uvas, y miel, y pan candeal, y muchas otras cosas, verdes, blancas y amarillas, todas riquísimas. Y le atendió con la mayor amabilidad del mundo, como si el príncipe no la hubiera despojado a ella de todos sus bienes. Y todo, porque era una princesa de verdad y tenía un corazón de oro.

Cuando terminó de comer y de beber, el príncipe le dijo a la princesa que le enseñase cómo se abría y cómo se cerraba la puerta de la torre. La niñera estaba durmiendo y no había nadie que pudiera advertir a la princesa del peligro que corría, porque ella era demasiado buena para desconfiar de nadie.

—Si le das la vuelta a la llave para este lado —le explicó a su primo— la puerta no se abre. Hay que darle nueve vueltas para este lado y se abre enseguida. ¿Ves?

El príncipe probó y, en el momento en que se abrió la puerta, le dio un empujón a la princesa y la dejó fuera (igual que cuando la echó de su reino) y después cerró la puerta, porque lo que quería era tener la torre para él solo.

La pobre princesa se encontró en la calle, frente por frente con el dragón, que seguía sentado y aullando de un modo que partía el alma, y que no hizo el menor intento de comérsela porque (y esto no lo sabía ni la niñera) los dragones nunca se comen a las princesas con corazón de oro.

La princesa pensó que no era cosa de irse a la ciudad con el traje de casa como el que llevaba, sin sombrero ni guantes, y se dirigió hacia el otro lado, hacia el bosque, a través del prado. Era la primera vez en su vida que salía de la torre y al sentir la suave hierba bajo sus pies le pareció que andaba pisando nubes.

Se metió en la parte más espesa del bosque porque tenía mucho miedo del dragón (y es que no sabía de qué estaba hecho su corazón), y fue a dar con Elfinn y sus setenta y cinco cerdos. Elfinn estaba tocando la flauta y los cerdos estaban bailando alegremente sobre sus patas de atrás.

—Por favor, ayúdame —dijo la princesa—. Estoy muerta de miedo.

—No faltaba más —dijo Elfinn, rodeándola con sus brazos—. Aquí estará segura. ¿De qué tienes miedo?

—Del dragón —dijo ella.

—De modo que se ha salido de la botella de plata —dijo Elfinn—. Espero que se haya comido al príncipe.

—No, no se lo ha comido —dijo Sabrinetta—. ¿Por qué?

Elfinn le contó la jugarreta del príncipe.

—Y me prometió la mitad de su reino y la mano de la princesa su prima.

—¡Dios mío, qué apuro! —dijo Sabrinetta, tratando de soltarse—. ¿Cómo se atrevió?

—¿Qué importa eso ahora? —dijo él, sujetándola más fuerte—. Por mí puede quedarse con su reino entero, siempre que yo me quede con lo que tengo ahora.

—¿Y qué es? —preguntó la princesa.

—¿Qué va a ser? —dijo Elfinn—. Tú, amada mía, hermosa mía, mi amor. Cuando él me habló de su prima la princesa, yo no había visto nunca a la auténtica princesa, a la única, a mi princesa…

—¿Te refieres a mí? —dijo Sabrinetta.

—¿Y a quién si no? —dijo él.

—¡Pero si hace cinco minutos no sabías ni que existiese!

—Hace cinco minutos yo no era más que un porquero, pero ahora que te he tenido entre mis brazos soy un príncipe, aunque tenga que seguir guardando cerdos hasta el fin de mis días.

—No has pedido mi opinión —objetó la princesa.

—Tú viniste a mí en busca de ayuda —dijo Elfinn— y yo estoy dispuesto a ayudarte hasta el final.

Una vez aclarado el asunto, se pusieron a hablar de cosas realmente importantes, tales como el dragón y el príncipe. Elfinn, que no sabía que en realidad estaba hablando con la auténtica princesa, se dio cuenta enseguida de que tenía un corazón de oro, y así se lo dijo varias veces.

—La equivocación fue meterlo en una botella que no era a prueba de dragón —dijo Elfinn—. Ahora me doy cuenta.

—¿Y eso es todo? —dijo la princesa—. Yo puedo conseguir una enseguida, porque todo lo que hay en la torre es a prueba de dragón. Lo que hay que impedir es que el dragón pueda hacerles daño a los niños.

Y se fue a buscar la botella, pero no permitió que Elfinn la acompañara.

—Si es verdad eso que dices de que tengo un corazón de oro y que por eso el dragón no puede hacerme nada, no corro ningún peligro, y alguien tiene que quedarse cuidando de los cerdos.

Elfinn estaba completamente seguro de ello, así es que la dejó ir.

Cuando la princesa llegó a la torre, se encontró la puerta abierta. El dragón había estado esperando pacientemente a que el príncipe saliera, y en el momento en que salió (fue a echar una carta dirigida al Primer Ministro para que le mandara a los bomberos a luchar contra el dragón) aprovechó para comérselo de un bocado. Y luego se volvió al bosque, porque se acercaba la hora en que se volvía pequeño.

Sabrinetta entró y le dio un beso a su niñera, y le hizo una taza de té, y le explicó lo que iba a pasar, y le dijo que no se preocupase por ella, porque, como tenía un corazón de oro, el dragón no se la comería. La niñera se dio cuenta de que la princesa no corría peligro y la dejó ir, después de darle un beso.

Sabrinetta cogió la botella a prueba de dragón, que era de cobre bruñido, y corrió hacia el bosque, donde la esperaba Elfinn con sus cerdos.

—Creí que no llegabas nunca —dijo él—. Has tardado un siglo.

Se sentaron los dos entre los cerdos y se estuvieron allí, con las manos cogidas, hasta que oscureció. Después de oscurecer llegó el dragón, dejando tras de sí un reguero de hierba chamuscada, y se fue haciendo más pequeño, más pequeño, hasta que encontró su sitio entre las raíces del árbol y se acurrucó allí a dormir.

—Ahora es el momento —dijo Elfinn—. Sujeta la botella.

Y fue empujando al dragón con ramitas secas, hasta que consiguió meterlo dentro. Sólo entonces se dio cuenta de que la botella no tenía tapón.

—No importa —dijo—. La taparé con las manos.

—No, no, deja que yo lo haga —dijo la princesa, pero, naturalmente, Elfinn no la dejó. Metió los dedos por la boca de la botella y la princesa dijo—: ¡Al mar, al mar! ¡Vamos a los acantilados!

Y salieron corriendo hacia el mar, con los setenta y cinco cerdos trotando detrás de ellos en negra procesión.

La botella se iba calentando cada vez más en las manos de Elfinn, porque el dragón, desde dentro, no hacía más que echar fuego y humo con todas sus fuerzas, pero Elfinn no la soltó hasta que llegaron al borde de los acantilados: desde allí se veía muy bien un remolino girando en el mar azul oscuro.

Elfinn levantó la botella por encima de su cabeza y la lanzó con fuerza al centro del remolino.

—Hemos salvado al país —dijo la princesa—. Gracias a ti, los niños ya no tienen nada que temer cuando vayan al bosque. Dame tus manos.

—No puedo —dijo Elfinn—. Se me han quemado. Ya no podré volver a coger las tuyas.

Y, efectivamente, en lugar de manos tenía dos trozos de carbón. La princesa los besó y lloró sobre ellos, y rasgó su vestido de seda para hacerle unas vendas, y los dos se fueron a la torre para contárselo todo a la niñera, mientras los cerdos se sentaban fuera, a esperar.

—Es el hombre más valiente del mundo —explicó Sabrinetta—. Ha salvado al país y a los niños, pero mira sus manos, sus pobrecitas manos…

En aquel momento, la puerta de la habitación se abrió y entró el más viejo de los setenta y cinco cerdos. Se acercó a Elfinn y se restregó contra su rodilla, gruñendo amorosamente.

—Pobre animal —dijo la niñera, enjugándose una lágrima—. Parece que lo sabe.

Sabrinetta acarició al cerdo, porque Elfinn no podía ni siquiera hacer eso.

—La única cura para las quemaduras de dragón —dijo la niñera— es la grasa de cerdo, y bien que lo sabe esta fiel criatura.

—Pero yo no lo permitiré por nada del mundo —dijo Elfinn, apañándoselas para acariciarle con el codo.

—¿No hay otra solución? —preguntó la princesa.

Otro de los cerdos asomó su negro hocico por la puerta, y luego otro, y otro, y otro, y pronto la habitación se llenó de una masa negra ondulante, en la que se empujaban unos a otros, gruñendo de cariño, para acercarse a Elfinn.

—Sí que hay otra —dijo la niñera—. Pobres animalitos, qué cariñosos son. Todos darían su vida por ti.

—¿Cuál es la otra solución? —preguntó, ansiosamente, Sabrinetta.

—Cuando alguien tiene una quemadura de dragón —dijo la niñera— y hay un cierto número de personas dispuestas a morir por él, basta con que cada una de ellas bese la quemadura y, desde lo más profundo de su alma, desee que se cure.

—¿Qué número de personas? —quiso saber Sabrinetta.

—Setenta y siete —dijo la niñera.

—Sólo tenemos setenta y cinco cerdos —dijo la princesa—, que conmigo harían setenta y seis.

—Pero tiene que haber setenta y siete —dijo la niñera—. Y yo, la verdad, no estoy dispuesta a morir por él, así es que no puede hacerse nada.

—Yo ya sabía lo de las setenta y siete personas —dijo Elfinn—, pero nunca pude pensar que mis cerdos me querían hasta ese punto, ni tampoco tú, adorada mía. Y, de todas formas, yo no lo consentiría. Sé qué hay todavía otra solución para curar las quemaduras de dragón, pero no me quedaría no ya sin manos, sino con el cuerpo entero carbonizado, antes que casarme con alguien que no fueras tú, amor mío.

—¿Por qué? ¿Con quién tendrías que casarte para que se te curaran las quemaduras?

—Con una princesa. Así fue como se las curó San Jorge.

—¡No me digas! —exclamó la niñera—. Con lo vieja que soy, nunca había oído hablar de eso.

Sabrinetta echó los brazos al cuello a Elfinn y le abrazó con todas sus fuerzas.

—Entonces todo tiene arreglo, mi valiente, mi querido, mi adorado Elfinn —dijo—, porque yo soy princesa y tú serás mi príncipe. Vamos, tata, no te entretengas en ponerte el sombrero, que nos vamos a casar ahora mismito.

Y allá que se fueron los tres, con los cerdos trotando mansamente detrás como un ondulante mar oscuro. Y nada más casarse con la princesa, las manos de Elfinn se curaron, y el pueblo, que estaba más que harto del príncipe Fastidioso y de sus hipopótamos, aclamó a Sabrinetta y a Elfinn como soberanos del país.

A la mañana siguiente de la boda, el príncipe y la princesa fueron a los acantilados a ver qué había pasado con el dragón. No encontraron ni rastro de él, pero vieron que del remolino salía una nube de vapor, y los pescadores les dijeron que el agua del mar, en varias millas a la redonda, estaba tan caliente que podían afeitarse con ella. Y como ha seguido estando caliente hasta hoy, podemos asegurar que el fuego del dragón era tan fuerte que ni las aguas del mar pudieron enfriarlo.

El remolino giraba tan rápido que el dragón no consiguió salirse de él, y allí está todavía, dando vueltas y más vueltas, y haciendo, por fin, una cosa útil: calentar el agua para que se afeiten los pescadores.

El príncipe y la princesa reinaron con sabiduría y justicia. La niñera se quedó a vivir con ellos y no hace absolutamente nada: de vez en cuando, si le apetece, se pone a bordar. Los setenta y cinco cerdos viven en porquerizas de mármol blanco, con llamadores de bronce y la palabra «cerdo» en la puerta. Se les baña dos veces al día con esponjas turcas y jabón con esencia de violetas, y a nadie le molesta que acompañen al príncipe cuando sale de paseo, porque se portan estupendamente bien: nunca se salen de su sitio y obedecen los letreros que prohíben pisar la hierba.

La princesa les da de comer todos los días con sus propias manos, y su primer edicto al subir al trono fue prohibir, bajo pena de muerte, el uso de la palabra «cerdo» con fines insultantes, y esa acepción fue mandada borrar de todos los diccionarios.


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