miércoles, 8 de junio de 2016

SOBRE EL CUERNO DEL UNICORNIO I


Frente a mí, tengo una larga y recta vara de marfil. Del tamaño de un bastón, tiene en su extremo superior un diámetro de unos cinco centímetros y se va afinando hasta llegar a un extremo puntiagudo. A su alrededor, en el sentido contrario a las agujas del reloj, se forman bandas de no más de siete milímetros de altura, dando aproximadamente dos vueltas y media de un extremo a otro. En conjunto, forman una lanza retorcida. Podría imaginarse que unas manos fuertes la han retorcido, del mismo modo en que se retuerce la ropa mojada.

Al ver otra vara de marfil como ésta, Thomas Fuller, dijo con propiedad que a sus ojos y a cierta distancia parecía «un largo cirio de cera en espiral». Este bastón tenía en su extremo superior un casquete de plata con el escudo de armas de cierta casa noble y una máxima escrita en galés. Unos diez centímetros debajo del casquete, un orificio atravesaba el bastón, por el cual podría pensarse que pasaría el cordón al cual algún caballero de los antiguos días de esplendor ataba la borla de seda que adornaba el bastón. Sin embargo, no creo que este bastón tan especial haya andado alguna vez el camino por Birdcage Walk o por los jardines de Versalles, en parte porque la punta no está gastada, en parte porque pesa alrededor de seis kilos. Probablemente, el cordón que atravesaba el orificio no se usaba para soportar una borla sino para colgar el bastón de una pared en alguna gran casa de tres o cuatro siglos atrás.

Sin embargo, no dudo de que alguno de los antiguos dueños de esta vara la llevaran con ellos, pero no por comodidad o para exhibirla. Más bien, era su compañero en noches oscuras y en sitios peligrosos y lo llevaban cerca del corazón, tratándolo con ternura, como si fuese un tesoro.

En realidad, de eso se trataba. Preservaba al hombre de la flecha que volaba durante el día y la pestilencia de la noche, de la habilidad del envenenador, de la epilepsia y de otras enfermedades menos dignificadas de la carne, que no deben mencionarse en este contexto. En resumen, era un amuleto, un talismán, un arma y una coraza medicinal, todo en uno.

No debe sorprendernos que una vara como ésta, en la época en que se apreciaba este tipo de objetos, se vendía a veinte veces su peso en oro y que ése en particular, según Thomas Dekker, tenía el «valor de una ciudad». Tampoco debe sorprendernos que estos perfectos bastones se podían ver sólo en los salones del tesoro de papas, emperadores y reyes o cuando alguna iglesia opulenta, como la de San Marcos en Venecia, lograba adquirir uno lo enseñara al público sólo en días de gala y debajo de un palio de terciopelo púrpura.

Aunque el bastón que tengo frente a mí es de marfil, no pertenece a un elefante o a un mamut o mastodonte. Creció como es y, según las opiniones más eruditas de muchas generaciones, creció solo sobre la frente de un animal tan glorioso, tan virtuoso, tan bello, que el cielo otorgaba a la tierra sólo un espécimen cada vez, como en el caso del fénix.

Se trata del cuerno del unicornio. Para rastrear esta pieza de marfil, tratada con tanta reverencia, debo contar una historia que se remonta a los «siglos más salvajes» que podernos contar; una historia que comienza antes de la existencia de las ciudades o la agricultura, cuando las tribus bárbaras se trasladaban con sus rebaños buscando las pasturas de verano e invierno; un cuento que incluye, en un extremo, los mitos más primitivos y los primeros atisbos de sentido de la moral y, en el otro, las habladurías de los farsantes y los charlatanes de feria. En la red de esta historia deberé introducir muchas partes de la historia de la exploración, la medicina, el arte, el comercio y el pensamiento científico.

El hecho es que no puedo explicar cómo llegó hasta mí esta vara de marfil —la compré no hace mucho tiempo a un anticuario londinense por unas tres guineas— sin indicar, en un ejemplo vívido, el modo en que la magia se convirtió en dogma religioso y sucumbió gradualmente, o sigue sucumbiendo, bajo el desgaste de la ciencia moderna. Por supuesto, aun así, no lograré una explicación completa y no intentaré aniquilar y sustituir con una aburrida explicación una de las más bellas leyendas del mundo.

La remota y solitaria extrañeza del unicornio no corre peligro conmigo y creo que con nadie. Aunque no quisiera, debería mantenerlo alejado, en el misterio del cual surge. La leyenda del unicornio es enorme en variedad y amplitud, no sólo por el largo período que abarca sino porque se ven involucradas muchas áreas diferentes del conocimiento y porque la literatura que trata específicamente este tema es increíblemente extensa.

He perseguido al unicornio fundamentalmente en bibliotecas,  un zoólogo habría investigado sobre este tema de manera diferente; pero para mí el unicornio es interesantísimo como habitante de «los dominios de la mente del monarca». Exista o no un unicornio real —y ésta es una de las cuestiones sobre las cuales sólo citaré la opinión de otros—, no puede ser tan fascinante o tan importante como las cosas que los hombres soñaron, pensaron y escribieron sobre él. Si no es más que eso, un sueño tan antiguo y bello como el del unicornio merece mucha más consideración que la duda de saber si existe una especie en la fauna de la tierra. En todo caso, el sueño es un hecho incuestionable, un fenómeno de la mente; ha crecido como un árbol, echando profundas raíces en la mente y desplegando enormes ramas sobre nuestro cielo mental. 

Hace algún tiempo, mientras leía el tratado de Petrarca De Vita Solitaria, encontré una vívida descripción de la comida del mediodía en la casa de un tirano italiano del siglo XIV. Como la mayoría de los temas en la prosa latina de Petrarca, esta descripción deriva de De Abstinentia, de San Ambrosio; sin embargo, una o dos oraciones centrales se destacaban como una sorprendente observación personal. «Entre todos estos lívidos trozos amarillos y negros de carne» (dice Petrarca, que era vegetariano):

«El catador diligente prueba buscando el sospechado y merecido veneno. Sin embargo, se han tomado otro tipo de precauciones contra las tramas secretas: entre los vinos y los alimentos, se proyectan los lívidos cuernos de serpientes hábilmente atadas a pequeños árboles, de modo tal que resulta maravilloso ver cómo la misma Muerte se pone en guardia, como si fuera en la fortaleza del placer, contra la muerte de este pobre hombre.»

No tenía idea de qué podrían hacer los cuernos de serpientes sobre la mesa de un hombre rico y decidí descubrirlo. Unas horas de investigación en las páginas de Pietro de Abano, Ardoynus, y el cardenal Ponzetto me desvelaron que necesitaba saber los métodos usados en una época en Italia para detectar el veneno en la mesa, métodos como el cuerno de las cerastas que menciona Petrarca, las garras del buitre, «el mundo cerrado», el trozo de cristal, la etita, la lengua de la serpiente y otras cosas por el estilo.

Sin embargo, a medida que iba leyendo, el terror de esos malditos tiempos en que la muerte podía estar en el fondo de un vaso se apoderó de mí y, aún con mayor fuerza, un sentimiento de piedad por la forma salvaje e ignorante en que se podía encontrar el peligro.

No obstante, poco a poco, me sentí más relajado al ver que el cuerno del unicornio era la principal defensa contra el veneno de los que podían afrontar el elevado precio que por él había que pagar.

Después surgieron otras preguntas:

¿Cómo logró este cuerno adquirir semejante reputación?

¿Cómo se suponía que actuaba para detectar el veneno?

¿Cómo podía mantener su prestigio mientras los príncipes y duques de Italia que los poseían morían de repente y sin causa aparente?
 
¿De dónde provenían estos cuernos y cómo pasaban de unas manos a otras?

Si la creencia en sus poderes era sólo una vulgar superstición o era aprobada por hombres cultos y médicos:

¿Cuál es la antigüedad de esta creencia y cómo se originó?

Continuará...


 

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