miércoles, 25 de mayo de 2016

LOS DRAGONES Y LA SANGRE DE DRAGÓN



El dragón de los naturalistas contemporáneos, draco fimbriatus, no es más que un pequeño saurio cuyo tamaño no supera los treinta y cinco centímetros de longitud; en las costas asiáticas y en las islas de Malasia, Sumatra, Java, Borneo y las Célebes. 


 
Las membranas flotantes, soldadas a los costados, le sirven de paracaídas cuando se lanza al vacío desde lo alto de los árboles o de las rocas, pero no tiene alas y por tanto no vuela.

No vamos a ocuparnos aquí de este ser pequeño e inocente.

Leyendo los escritos de los más antiguos maestros de la doctrina cristiana, Orígenes, Arnobio, San Jerónimo y San Agustín, parece claro que el primer milenio no prestó atención más que a un solo dragón maldito por las Escrituras hebraicas y el Apocalipsis de San Juan, animal fabuloso que parece haber nacido mucho antes del rey David, de una ampliación exagerada del cocodrilo.

Sólo más tarde, durante la Edad Media, se representó a la hidra del Nilo como si fuera un verdadero dragón pequeño, a veces alado. Pero en la misma época, en medios imaginativos y particulares, nació la creencia en la existencia de otro tipo de dragón benéfico, diferente te de la hidra del Nilo.
 
Había antiguos recuerdos clásicos que apoyaban aquella ilusión: ¿Qué habían hablado los antiguos de genios dragontinos propicios a los mortales? y dice Suetonio que el dragón es «de esencia divina», "Divinus Draco".

Este agatodaimon tenia que haber vivido, huelga decirlo, bajo los ardientes cielos de Etiopía y en las tierras que baña el Océano Indico, el mar Eritreo del mundo antiguo.

Combatidos incesantemente por los «malos dragones», los «buenos dragones», según decían, sucumbían a veces bajo los terribles dientes y garras de sus adversarios: pero entonces sangre caía sobre la caliente arena del desierto o sobre las ardientes rocas de las montañas, adquiría un aspecto resinoso de color púrpura oscuro y se convertía en uno de los más preciados remedios conocidos por el hombre, la sangre de drago, que curaba tan bien como el díctamo y mejor que todos los demás medicamentos, las heridas a menudo espantosas que las armas causaban a los caballeros y las mordeduras de los animales salvajes cuando éstos se lanzaban desesperadamente sobre los intrépidos cazadores.

¿Podía una sangre que hacía tan maravillosas curaciones brotar del corazón de un animal maldito?

Algunos no quisieron creerlo, y su pensamiento relacionó simbólicamente esa sangre benéfica con aquella que se derramó sobre la roca del Calvario y por la cual fue curada de su herida original la humanidad. Este atrevimiento no excede a las audacias acostumbradas en los Bestiarios de la época.

A decir verdad, este simbolismo, como tantos otros, no parece haber traspasado los límites del círculo de alquimistas, galenos y boticarios, cuyos cenáculos o corporaciones, sobre todo hasta el Renacimiento, eran más que discretos con sus secretos y tradiciones profesionales.

Sólo a comienzos del siglo XVII fue revelado el misterio de la verdadera naturaleza de la sangre de drago por parte del científico andaluz Nicolás Monardes. Y he aquí lo que una de las grandes revistas médicas francesas escribía recientemente al respecto de este remedio que nuestros abuelos apreciaban tanto:

«... El nombre de sangre de drago no se le dio a causa de su color rojo, sino porque los antiguos pensaban que provenía de la sangre seca del dragón, animal fabuloso en el que creían. La verdad es que Dioscórides rechaza esta idea, aunque que sin decir de dónde procede la sustancia. Fue el médico español Nicolás Monardes el primero que indicó su origen vegetal. Asegura que el árbol que da esta resina lleva el nombre de drago causa de la huella de este animal que la naturaleza confiere a su fruto. Pero es mucho más verosímil que el fabuloso nombre de la resina hizo que se lo diesen al árbol que la proporcionaba, que los antiguos no conocían.»
 

La observación es muy juiciosa, y la sangre de drago que los antiguos recogían procedía sin que ellos lo supiesen, de los frutos desecados de distintas palmeras de las riberas del golfo Pérsico y de la cuenca del mar Eritreo, del Indostán y de Indochina, especialmente del fruto del Calamus draco.

La sangre de drago la produce generalmente el Dracorma drato de las Canarias y las Azores, y el Ptcrocarpus draco, de las Canarias y las Azores y el Pterocarpus draco de las Indias Occidentales y de América del Sur, conocidos por Nicolás Monardes.

Plinio, por su parte, atribuye a la sangre del basilisco, el gallo dragonado, una virtud mágica que lo aproxima mucho a la «sangre de drago». Fue, nos dice, «maravillosamente encumbrada por los magos; cuaja como la pez, cuyo mismo color tiene; disuelta, se vuelve más que el cinabrio. Los magos le atribuyen además el poder de hacer que el hombre tenga mayores poderes en las peticiones, con los dioses en la oraciones; de curar las enfermedades y prevenir los maleficios. Algunos la llaman sangre de Saturno.
 

A propósito de las ideas de la Edad Media referentes al dragón, agreguemos también el estudio atento de la heráldica nobiliaria de esa época y de sus prolongaciones permite admitir que el arte del blasón no siempre consideró el dragón en mal sentido, sino que representaba a veces la Vigilancia, y también el Ardor, pues decían que «se comportaba en combate como un torrente impetuoso que desciende de las montañas», y que de su pecho salía un aliento tan ardiente que «inflamaba los aires».
 
 
Por eso ha sido posible creer, sin demasiado temor a equivocarse, que en los escudos de las Caritat de Condorcet (de oro con dragón delante, armado y lampasado de sable, con bordura de gules) el dragón representa el ardor de la caridad, caritas, que es amor y que deriva su grado de amor del grado de su ardor.
 
¿No dice la Iglesia al corazón de Jesús de este modo: Fornax arden caritatis, «Horno ardiente de caridad»?

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