viernes, 27 de mayo de 2016

EL CUENTO DEL UNICORNIO


Érase una vez tres hermanos que querían cazar al unicornio.
 
- Su cuerno es de marfil -decía el gordo-. Sus cascos son de oro puro, y en la frente lleva una estrella de rubíes.
 
- Cuando le demos caza -contestó el flaco- seremos ricos y tendremos la vida resuelta para siempre.
 
El tercero se llamaba Hans, y era el más joven, así que al oír a sus hermanos dijo:
 
- Lo que vosotros hagáis me parece bien. Os acompaño.
 
El gordo sacó un mosquetón del baúl, y el flaco descolgó su lanza de la pared. Hans cortó una vara del avellano que crecía detrás de la casa y se dispuso a partir junto a sus hermanos.
 
Caminaron, caminaron y caminaron; cruzaron valles y montañas. Recorrieron cientos y cientos de kilómetros.
 
Cuando habían pasado siete veces siete semanas llegaron a un pueblo done se celebraba una romería.
 
Los campesinos, sentados ante largas mesas dispuestas frente a  la posada, comían asados de ganso y de cerdo y bebían cerveza y vino.
 
- ¿Queréis uniros a nosotros? -preguntó el posadero a los tres hermanos- Dicho sea de paso, estoy buscando marido para mi hija. ¿Qué os parece?
 
La hija del posadero era rellenita y risueña, y cocinaba estupendamente.
 
- Me caso con ella -dijo el gordo-. Y por mí, que la boda sea mañana mismo.
 
La boda empezó el miércoles, y duró hasta el domingo por la tarde. El lunes, muy alegres, Hans y su hermano flaco se pusieron nuevamente en camino.
 
Cuando otra vez hubieron pasado siete veces siete semanas llegaron a un páramo donde encontraron un gran montón de oro. Como el flaco era ahora un hombre rico, se compró una casa y muchísima ropa en la ciudad más próxima.
 
-¡Me gusta esto y me quedo aquí! -dijo-. Si quieres seguir buscando al unicornio, es cosa tuya.
 
Hans se echó la lanza y el mosquetón al hombro y siguió su camino.
 
Después de otras siete veces siete semanas llegó al fin del mundo, donde había una cabaña, ante su puerta se sentaba un anciano, a quién Hans preguntó por el unicornio.
 
- Si quieres encontrarlo -contestó el anciano-, deberás atravesar el fuego y el agua, la noche y el hielo. Bebe de mi pozo y come esta manzana de mi huerto, eso te ayudará.
 
Hans bebió del pozo y comió la manzana. Atravesó entonces el fuego y el agua, la noche y el hielo. Vio por fin al unicornio, que triscaba en un claro del bosque: su belleza era resplandeciente. Tenía el cuerno de marfil, los cascos de oro purísimo y sobre su frente refulgía una estrella de rubíes. Hans se echó a la cara el mosquetón muy despacio y asió el gatillo. Temblaba y quería disparar.
 
En ese momento el unicornio levantó la cabeza y fijó en Hans sus grandes ojos de color ámbar.
 
- ¡Qué hermoso eres! -exclamó Hans-.
 
El mosquetón cayó a sus pies, y la lanza se deslizó entre los arbustos. Continuó contemplando al unicornio maravillado, durante no se sabe cuánto tiempo.
 
En algún momento, sin embargo, volvió al mundo, a los hombres; eso sí, con los cabellos blancos como la nieve. Los niños no se cansan de oír como atravesó el fuego y el agua, la noche y el hielo, y cuando les habla del unicornio, que pacía libre en el bosque y llevaba en la frente una estela de rubíes, se sienten inmensamente felices de que aún siga con vida.
 

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